la ciudad
desperté pesado, sudando y escalofríos. desperté así porque pensé que había sido una pesadilla, pero no, la ciudad estaba junto a mí, dormida. con su olor por tan todos lados que preferí respirar lento. estaba despierta y sus ojos no parpadeaban por verme directamente. respiraba como el crecer de uñas.
su miríada de ojos, que no me veían y que jamás lo harían, porque las ciudades realmente no pueden ver a las personas. y su olor, que no es un olor, sino el palimpsesto de todos.
como yo no sé qué decirle, separa los labios y me confiesa, me encantan las ratas, pero no tanto como los humanos. su boca queda abierta y comienza el eco de sus palabras y entonces recuerdo que siempre queda ese eco cuando me habla.
seguía sin saber qué decir, pues no lograba adivinar qué hacíamos juntos en la misma esquina empapada de mugre. respiraba como las garras de una rata sobre aluiminio: la rata se quedó atorada ella sola, y está desesperada por salir, y se va acabando su tiempo y su paciencia y comienza a pensar en mejor dejar un poco de filo para poder matarse. así respira junto a mí, acostada. y hasta sonríe porque le fascinan las ratas.
como las ciudades no tienen bocas, nos hemos quedado callados todo este tiempo. aunque la tuviera, qué me podría decir, a mí, que nada puedo entender del idioma de una ciudad. sólo pienso en qué lástima que las ciudades no tengan ojos, pues me gustaría cruzarme con ellos, me imagino ojos brillantes y apagados, como cuando una ventana es clausudara con láminas de aluminio, y desde adentro ya no se saben el día ni la noche.
me dice, gracias, amo las cucarachas y sonríe, y entonces recuerdo que por eso acabamos en esta esquina. en algún momento bailamos y todas las cucarachas que viven en ella salieron y se nos unieron y todos reímos y lloramos tanto que nos quedamos dormidos.
la memoria de aquel baile me hace sonreír, y la sonrisa de aquel recuerdo me hace suspirar. el suspiro me hace dar cuenta de que las ciudades no huelen a nada. ni nos hablan a nadie. sonrío y me imagino que veo directamente su miríada de ojos y me volteo a ver la cola, tan mojada, y después mis garras, pobres, tan gastadas de tanto rascar, y la lata donde lentamente voy muriendo.
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