otro viernes de quincena que se va...

pum, sin pensarlo. entró con el tino increíble del que escapa para siempre y, como si nada, como si realmente viniera a eso, me dijo, a rape, por favor, y caminó hacia mí con su portafolio siempre abrazado.
lo senté en el único sillón que tengo y le puse la bata. en ese momento pasaron dos policías corriendo, uno de cada lado de la calle y como perdidos y me pidió que con máquina tres, para no quedar tan pelón, sonrisas espejo y forzadas. también rasurado, por favor.
la verdad era un hombre más bien calvo y con el pelo de por sí corto, así que mi intervención en su cabeza fue casi un trámite. el problema fue en la rasurada. tenía una piel cacariza y unas cicatrices abiertas con piel húmeda y pus. los vellos estaban extrañamente enterrados en ese pequeño estanque de putrefacción facial.
como pude esparcí la crema blanca sobre su rostro después de tres minutos de toalla caliente, que le coloqué justo cuando pasaban de regreso los policías y entraban a mi barbería y nos preguntaban si habíamos visto a un sujeto con un portafolio y los dos respondíamos que no y nos decían que tuviéramos cuidado, que todavía no sabían nada de su paradero y le respondía con una sonrisa de entendimiento y se iban con ojos que piensan y se pierden y tal vez se quedaron con las ganas de verle la cara a mi distinguido cliente.
y se fueron y le quité la toalla y supe que si no comenzaba a actuar rápido, me habría dado las gracias y hasta una pequeña recompensa, porque ya me estaba viendo desde la espuma con esa mirada de amoroso compadrazgo. y si la cosa se ponía fraternal, me hubiera costado mucho más, así que mejor me adelanté a cualquier camaradería y como quien está acomodándose para reasurar, corté su cuello de un tajo y rápido lo tapé con la toalla y con la bata y limpié con un trapeador fugaz el piso y el espejo que se mancharon de sangre, después de haber puesto el cuerpo en el baño.
y qué coraje y qué risa me dio descubrir que el imbécil que acababa de matar no era el ladrón, sino un pelele vendedor de seguros con un portafolio lleno de puras pinches deudas y folletos.

los caprichos de las palabras


un día en que a todas las palabras que serían parte de cierta narración, platicando en grupo antes de ser escritas, se les metió la cosquillita de ser la palabra que cerrara el final de ésta, se dieron cuenta de su terrible realidad. de que no era cierto, de que no podían hacer lo que casi todos los demás seres del universo hacían, es decir, estaban exentas de hacer lo que más les diera la gana hacer. o en otras palabras, de ponerse en el lugar donde más les diera la gana ponerse.
y las pobres repararon que ese concepto de Libre Albedrío que tantas ocasiones habían descrito con su cuerpo, porque alguien había querido comunicar algo acerca de éste y no hay mejor forma de comunicar algo que plasmándolo con palabras, les era completamente ajeno.
y con un grito suspendido por el terror, también aprendieron que si se movían, si ejercían ese derecho de vivir a sus anchas, el texto perdería sentido y entonces sus existencias perderían sentido. porque una palabra, antes de estar donde quiera estar, sabe que debe estar donde es mejor que esté, sabe que le debe (o no le debe, según sea el caso) dar sentido al texto del que forma parte.
después de todo, nada serían si no se pudiera leer el poema anónimo que le escribió algún vecino a la solterona del doce; serían más bien perjeduciales si acabaran sin darle sentido a las tesis universitarias (pero es en estas ocasiones donde más viajan: vienen del principio del párrafo a amontonarse a la mitad y después se van volando divertidísimas al final del capítulo anterior, con el inefutable argumento de darle más orden a la totalidad de la obra); están completamente seguras, y esto ni siquiera se discute entre ellas, que si se pusieran donde quisieran, la carta de ayuda que envía amarrada de la pata de una guacamaya una niña encerrada en el castillo de una bruja malvada que está apunto de cenar niña, no podría ser leída por su pequeñohermanito que irá presto a salvarla y que terminará siendo el postre de la bruja, que a fin de cuentas era la guacamaya disfrazada.
saben, pues, que si comenzaran a luchar por ser la última palabra o la primera o la de en medio o si quisieran postrarse junto a su palabra preferida, la gente terminaría por no usarlas y buscaría otro método para comunicarse. con números o dibujos o alguna otra simbología con menos caprichos.
entonces no les quedó de otra que obedecer, pero con la conformidad de comenzar a detestarse mutuamente. secretamente. odiar a la de la derecha, porque estaba más cerca del final que tanto anhelaron antes de que esta narración comenzara. después fueron un poco más allá y odiaron a la del extremo de cada párrafo, pues era el simulacro más parecido a cerrar para siempre. pero a quien más terminaron guardando rencores y envidias y deseos de putrefacción fue a la palabra concluyente, porque todo mundo sabe que ésa es la última en ser escrita.
y también desearon que por ningún motivo quedara bonita esa narración, que ni siquiera al que la escribía le gustara, para que entonces pudiera ser borrada, como tantas otras narraciones que quedaban en extraños abortos que luego luego de ser escritos eran eliminados. por nada del mundo querían que el texto que articulaban se hiciera famoso, porque si se volvía del gusto de muchos, posiblemente sería distribuido y pasado por la imprenta, y en miles de hojas, en miles de pantallas y paredes y pieles quedaría huella no sólo del odio y de la falta de libertad que hay dentro de sus corazones de palabras, sino también de que no pudieron ganarle a la palabra concluyente y ésta, al final del texto, se regocijaría para sus adentros, pues sería la única que habría cumplido su deseo más grande en la vida.
aunque después de mucho tiempo de estar ahí, al final, aparte de la soledad que implica el que no te vuelvan a dirigir ni una sola palabra las demás palabras, y de la culpa que vanamente la deshace por dentro (pobre, como si fuera ella la que decidiera dónde ir), la última palabra también sentirá el aterrador vértigo de ser la última palabra. ya no hay más apoyo a la derecha, únicamente el viento helado que sopla de la nada o tal vez sólo hay un terrible monstruo que la acechará siempre, pues el punto final es muy pequeño para resguardarla. y tratará de hablar con sus congéneres, les dirá que quién quiere el cambio, que ya no le importa no ser la última, que tal vez la palabra inicial o las palabras de en medio estarían de acuerdo en.
pero no, ninguna osará ser la culpable de que este texto pierda sentido, así que la pobre de la cola se sentirá todavía más estúpida y aterrada por haber nacido con ese sino fatal, pero levantará la cabeza con un resignado orgullo y, sabiendo que es su turno, caminará por el patíbulo del renglón hasta llegar a su final y, ahora sí, ser la palabra concluyente.

la casa de cortés


tocaron la puerta.
resignada, y ayudada por un suspiro largo, fui a ver quién era. claro que en la calle no hubo nadie.
eso lo sabía desde antes. igual que lo supe ayer y antier y todos los días que han seguido después de aquella tarde en que tocaron la puerta de la entrada (justo a esta hora en que la luz no viene de ninguna parte en específico) y me asomé por la ventana a la calle y todo se veía como gastado, como gris, como estática viajando sobre el viento y no había nadie. no había ni nubes, creo.
no ha habido ni nubes ni coches, ni siquiera ruido, desde que tocan la puerta y me paro cansada de la mecedora y me voy a asomar y no hay nadie.

curriculum ventus


he sido muchas cosas, pero una de las peores ha sido ser papalote. porque nadie en este universo se aburre de volar, de que lo eleven poco a poco contra el viento, y desde adentro se siente que te estiras, como un bostezo larguísimo. y el viento frío del cielo hace como si no te viera y se sigue de largo y te empuja y entonces te elevas más y más y sólo unas pocas cigarras se acercan a tratar de ayudarte, pero no pueden porque son muy pequeñas y mejor se regresan al pasto y de todos modos quién putas querría ayuda con esta libertad tan amarilla y empequeñecedora y desquiciante, y de repente, por la lluvia o el hastío del que lleva el cabo, al cabo de un rato te terminan de enredar y en años no volverás a ver el viento, ni las cigarras, ni la luz.

regué lento


sabía que todo se iría al carajo cuando entrara. lo sabía porque estaba su húmeda chamarra colgada afuerita, secándose, y porque su olor invadía el ambiente. como zoológico con viejito con marihuana quemada. y por si no fuera poco se escuchaba su regué lento, con ritmo de una lluvia suave, saliendo a bajo volumen por las bocinas de mi estéreo. escurriéndose por el pequeño hueco que queda entre la puerta y el piso sucio, el bajo y el órgano y la voz del príncipe jazzbo llegan a mis oídos y me hacen pensar en que todo se irá al carajo, pero es preferible entrar a mi cuarto a regresar mis pasos.

así que me acerco y busco mis llaves y siento la lluvia escurrir de mi ropa, ésa es una de las razones por las que no quiero regresar mis pasos. otra es que realmente no veo porqué no todo se deba ir al carajo una vez más. en la calle está lloviendo y no tengo muchos lugares a donde ir a estas horas de la madrugada. ni aunque fuera más temprano tendría a dónde ir, de todos modos. para qué seguir caminando en calles al azar, sin reconocer nada porque el piso mojado siempre es igual por estos rumbos y no pienso dejar de ver el piso y los charcos. que todo se vaya, pues, a donde se deba ir…

y sus ojos estaban puestos en la puerta, esperándome tan rojos. aquí también se siente humedad, pero no es la misma de la calle. es tibia y prendió una vela de canela que tal vez sería mejor cambiar de lugar. sonríe y yo también le sonrío y el regué se escucha más claro y doy un largo suspiro porque he llegado a casa, porque me esperaba con toda su cabellera tendida en mi colchón, con todo su cuerpo tendido en mi colchón y eso está bien, me hace sentir bien. es bellísimo irse al carajo de esta manera. con este regué y este olor penetrante que jamás encontraré en ninguna otra persona y esta persona que no sólo no encontraré en ninguna otra parte, sino que hasta aquí me cuesta trabajo encontrar. que huele tan peculiar y que me manda al carajo de tan bella manera, con un petardo consumiéndose en sus manos.

mañana despertaré y seguirá a mi lado, con su cuerpo pegado al mío, con sudor y calor entre nosotros y entonces será otro olor. el mismo, pero ahora sumándole un olor a hueva tibia. a que mejor sigo dormido o descansando a su lado. y en vez de salir a la vida y aprovechar mi última oportunidad de no irme al carajo, me le encimo o me pongo debajo de su cuerpo o me acerco muchísimo a su cara y me drogo un poco con el dióxido de carbono que expulsa de la boca, tan despacio como la música que hacen al suicidarse las últimas tercas gotas de lluvia en el marco de mi ventana, sabiendo que no pudieron inundar al mundo y acabarlo de una vez por todas, que han perdido la guerra una vez más. como yo, que la pierdo por estar a su lado, por seguir dormidos juntos hasta que ya no haya otra que despertar y volver a coger y volver a descansar y besarnos y platicar hasta que tengamos mucha hambre y veamos que no hay comida en mi casa y claro que ninguno de los tiene un clavo, menos porque seguro a mí me corren del trabajo por estar todavía en mi cuarto, así que sin nada qué comer, se vestirá con un poco de hastío porque ahora tendrá que salir a buscar comida y yo por mi parte también tendré que hacer lo mismo. y pasa muchísimo tiempo y yo sobreviviré ese muchísimo tiempo sin trabajo y en el intermedio tal vez ya no pueda pagar este cuarto y entonces vuelva a la calle y seguiré sin verte y así será todavía más difícil malabarear la supervivencia, porque nadie quiere a los vagabundos y comeré muy mal y me enfermaré sin nadie que me cuide y otra vez me golpearán e ignorarán y por muchísimo tiempo volveré a la soledad que se siente en el estómago de las ciudades. una vez más, todo se irá al carajo. pero lo valdrá.

todo ese desprendimiento y caída valen este momento, porque se comienza a desnudar al ritmo de la música que más le gusta y también me desnuda y nos besamos largamente con toda la libídine del mundo puesta en nuestras bocas, y nos acariciamos lentísimo.