
un día en que a todas las palabras que serían parte de cierta narración, platicando en grupo antes de ser escritas, se les metió la cosquillita de ser la palabra que cerrara el final de ésta, se dieron cuenta de su terrible realidad. de que no era cierto, de que no podían hacer lo que casi todos los demás seres del universo hacían, es decir, estaban exentas de hacer lo que más les diera la gana hacer. o en otras palabras, de ponerse en el lugar donde más les diera la gana ponerse.
y las pobres repararon que ese concepto de Libre Albedrío que tantas ocasiones habían descrito con su cuerpo, porque alguien había querido comunicar algo acerca de éste y no hay mejor forma de comunicar algo que plasmándolo con palabras, les era completamente ajeno.
y con un grito suspendido por el terror, también aprendieron que si se movían, si ejercían ese derecho de vivir a sus anchas, el texto perdería sentido y entonces sus existencias perderían sentido. porque una palabra, antes de estar donde quiera estar, sabe que debe estar donde es mejor que esté, sabe que le debe (o no le debe, según sea el caso) dar sentido al texto del que forma parte.
después de todo, nada serían si no se pudiera leer el poema anónimo que le escribió algún vecino a la solterona del doce; serían más bien perjeduciales si acabaran sin darle sentido a las tesis universitarias (pero es en estas ocasiones donde más viajan: vienen del principio del párrafo a amontonarse a la mitad y después se van volando divertidísimas al final del capítulo anterior, con el inefutable argumento de darle más orden a la totalidad de la obra); están completamente seguras, y esto ni siquiera se discute entre ellas, que si se pusieran donde quisieran, la carta de ayuda que envía amarrada de la pata de una guacamaya una niña encerrada en el castillo de una bruja malvada que está apunto de cenar niña, no podría ser leída por su pequeñohermanito que irá presto a salvarla y que terminará siendo el postre de la bruja, que a fin de cuentas era la guacamaya disfrazada.
saben, pues, que si comenzaran a luchar por ser la última palabra o la primera o la de en medio o si quisieran postrarse junto a su palabra preferida, la gente terminaría por no usarlas y buscaría otro método para comunicarse. con números o dibujos o alguna otra simbología con menos caprichos.
entonces no les quedó de otra que obedecer, pero con la conformidad de comenzar a detestarse mutuamente. secretamente. odiar a la de la derecha, porque estaba más cerca del final que tanto anhelaron antes de que esta narración comenzara. después fueron un poco más allá y odiaron a la del extremo de cada párrafo, pues era el simulacro más parecido a cerrar para siempre. pero a quien más terminaron guardando rencores y envidias y deseos de putrefacción fue a la palabra concluyente, porque todo mundo sabe que ésa es la última en ser escrita.
y también desearon que por ningún motivo quedara bonita esa narración, que ni siquiera al que la escribía le gustara, para que entonces pudiera ser borrada, como tantas otras narraciones que quedaban en extraños abortos que luego luego de ser escritos eran eliminados. por nada del mundo querían que el texto que articulaban se hiciera famoso, porque si se volvía del gusto de muchos, posiblemente sería distribuido y pasado por la imprenta, y en miles de hojas, en miles de pantallas y paredes y pieles quedaría huella no sólo del odio y de la falta de libertad que hay dentro de sus corazones de palabras, sino también de que no pudieron ganarle a la palabra concluyente y ésta, al final del texto, se regocijaría para sus adentros, pues sería la única que habría cumplido su deseo más grande en la vida.
aunque después de mucho tiempo de estar ahí, al final, aparte de la soledad que implica el que no te vuelvan a dirigir ni una sola palabra las demás palabras, y de la culpa que vanamente la deshace por dentro (pobre, como si fuera ella la que decidiera dónde ir), la última palabra también sentirá el aterrador vértigo de ser la última palabra. ya no hay más apoyo a la derecha, únicamente el viento helado que sopla de la nada o tal vez sólo hay un terrible monstruo que la acechará siempre, pues el punto final es muy pequeño para resguardarla. y tratará de hablar con sus congéneres, les dirá que quién quiere el cambio, que ya no le importa no ser la última, que tal vez la palabra inicial o las palabras de en medio estarían de acuerdo en.
pero no, ninguna osará ser la culpable de que este texto pierda sentido, así que la pobre de la cola se sentirá todavía más estúpida y aterrada por haber nacido con ese sino fatal, pero levantará la cabeza con un resignado orgullo y, sabiendo que es su turno, caminará por el patíbulo del renglón hasta llegar a su final y, ahora sí, ser la palabra concluyente.