la agricultura que practicamos


 

somos de cortejos largos.
nos da miedo la prisa del ayer, tan rápida que todos creen que es la prisa del ahora cuando en realidad es la prisa del mañana.
preferimos los rituales que se plantan primero en tierra niña o en bostezos de sabino. 

con cualquier cosa se plantan, con todo lo que a una le dé gracia. 

realmente decir con qué se plantan sería una pendejada, porque se plantan con todo: 

movimientos de cabeza, 

sonrisas, 

eso sí, siempre se plantan con los ojos, 

pero los ojos son a veces 

las manos tocando un botón, 

el timbre de una casa familiar, 

el cabello que dibuja frutas en la almohada. 

 

pero también se plantan con cosas completamente ajenas a todo esto, 

como con los respiros durante la gimnasia, 

las pinceladas involuntarias después de un estornudo, 

risas de más, pero las risas de más son en realidad 

fotos, 

apariciones en sueños, 

canciones dedicadas en la radio,

el sonido nocturno de algún lago. 

y eso es lo mencionado, pero lo que falta es siempre más hermoso y más interesante, es cosa de observarlos uno por uno para comprender que no importan el orden ni la voluntad. 

y ya, se planta en lo no mencionado muy probablemente,

 y después se deja reposar unos cometas, pero los cometas no son otra cosa que 

libros, 

carreritas en bicicleta con frutsis en la llanta trasera, 

animales nuevos,

los juegos feroces de una anciana feliz. 

y tal vez ahí comience a germinar. mientras tanto, es indispensable que nos sigamos viendo,

pero lentamente, 

como si fuéramos personas que se ven a lo largo de sus vidas. 

yo no sé cuándo es la canícula, pero es buena época para dejarlo reposar un rato más, si es que no ha comenzado a germinar.

y empieza a crecer un retoño de lo que sea, 

y a veces ya no crece nada. 

la mayoría de las veces ya no crece nada, pero eso es parte de lo bonito, y sólo hay que volver a comenzar como si no tuviéramos ni sed. 

que la mayoría de las veces no crezca nada es parte esencial de lo bonito porque cuando crece te sorprende, y es siempre diferente, siempre diferente. y ahí tal vez comience nuestro cortejo. con alguno de esos retoños que dejamos no sé cuántas canículas y carreritas en bicicleta. 

y será un cortejo largo, 

como el arrastre de aquellos barcos que desguazan junto al mar, que a su vez son como esos cadáveres de árboles que vagan a la deriva en el mar silente y agreste que todas llevamos dentro.

el vaivén de tus faldas también. 

y el vaivén de mis faldas, después. 

como una tormenta suave de situaciones que en realidad no están sucediendo mucho, aunque sucedan. porque todo ese contoneo es sobre una sutilidad que lacera en lo cotidiano y tal vez al final nadie haga nada. 

lo más seguro es que al final nadie haga nada, porque así somos. nos acostumbramos a todo con tal de hacerle honor a la inercia.

o tal vez al final, después de la muerte de lo que sembramos, volteemos al otro retoño, al más pequeño de los dos, al que ni siquiera notamos en un principio. no es trampa literaria mencionarlo hasta ahora, en realidad era tan pequeño que no lo vi hasta ahorita, lo juro. qué bueno, mejor que ese otro retoño siga agreste y que nadie lo detenga ni lo proteja.

y tal vez cuando sea época de cosecha, nos volvamos a ver, y bailemos sin notarnos hasta que nos tengamos de frente con alguno de esos tantos rituales sembrados y nuestro cortejo madure frutas que nos embriaguen de risa.

ese otro retoño que queda, que trace su camino como le dé la gana, que se suba o que se baje. es buen momento de sembrar otro minúsculo ritual, pero que ese minúsculo ritual que en realidad sea, 

bailar contigo,

escarbar sueños de entre los escombros que nos vamos inventando,

modelar con terracota cientos de seres sorprendidos del universo,

escapar de todo peligro y de toda inquietud disfrazada de inmensidades

para poder bailar contigo.