pisca

llevan desde antesito del alba levantando piedras y arrancando plantas. se escuchan como cien o sesenta gentes. toda la madrugada, con todos los pasos que le caben, y ya se clareó el cielo y parece que van a seguir aquí para siempre, recolectando el cerro entero. tirando plástico a lo largo del camino como señal de su llegada.
con razón antes de que llegaran, el silencio estaba zangoloteándose por todos lados, con sus cuarentaiocho pares de patas, dándole vueltas a las viznagas y trepándose de una maroma hasta la corona de los amates. todas las bestias lo veíamos desde lejos, porque sólo desde lejos se ve al silencio, hasta que se comenzaron a sentir los pasos de las personas, el suelo del monte advirtiéndonos de las visitas. entonces, con cada vibración, el silencio se fue torciendo un poquito, como con retortijones de hambre, bailando butoh al ritmo lejano de la multitud, hasta que se hizo chiquito, un milpiés gris, polvoriento, y rápido se fue a esconder donde ni el sol sabe, subido en un vientito.
vienen y cogen parejo con todo lo que encuentran. los niños meten sus deditos en las pencas para sacar a cosquillas a los gusanos del maguey; las viejas salpican agua serenada en ollas de barro y desenraizan a las mandrágoras mientras les cantan canciones de cuna para no despertarlas.
cuando se vaya la última de las personas, sólo las jaurías de vientos se atreverán a empezar sus correteos para enterarse de todo y después van y se lo platican a los pastos mientras los peinan rumbo a todos lados.
los hombres más fuertes traen palas y cavan y quedan al aire palacios de jumiles y termitas y tubérculos; viejos vienen con cuetes que suben al cielo y explotan una nube gris que atrae a los cervatillos.
pero yo soy más viejo, y ya conozco. el mejor escondite es abajo del plástico. aquí nadie busca, es invisible, como si no fuera de ellos. ahorita estoy en una botella de refresco, sería mejor una bolsa, ahí sí no hay problema.
bandas de viento tocan sones arrítmicos y sin letra que desquician a los búhos y los hacen caer en redes invisibles; las niñas embarazadas se tienden sobre las rocas grandes en una manta tejida de lino y ya, solitas las hormigas van a entregarles sus escamoles.
pero nadie las culpa, a las personas. pobre plaga, ni logra lidiar consigo misma. al contrario, me da lástima porque pronto ya sólo estaremos yo y el plástico, y luego ni yo, nomás el plástico que ni siquiera aprende a moverse, cuantimenos a hablar, y entonces me nace la curiosidad.
le pregunto al alacrán si ha visto criaturas nacer del plástico, pero en vez de responderme se da cuenta de algo: se acerca alguien. es un niño que lo vio y que no ha dudado en capturarlo. cuando estira la mano, el alacrán lo pica una, dos, tres veces. cada vez en un dedo diferente, y camina hacia atrás mientras baila con la mano una canción que improvisa su aguijón. justo cuando trata de huir lo pisa una suela gigante que viene de otro lado.
se llevan corriendo al niño, y nos dejan ahí. mi amigo, el alacrán, yace aplastado con sus entrañas de fuera. sólo abre y cierra una tenacita de puro instinto, pero ya está muerto.
creo que sobra decirlo, pero se ve hermoso. tan brillante su piel transparente a la luz de la tarde, con todas las curvas de su cuerpo perfectamente delineadas, cientos de vellos tangenciales, víceras de todos los colores saboreando la libertad.
fue cayendo la tarde y poco a poco todas las personas se fueron a sus pueblos. yo me quedé ahí, junto al alacrán hasta la mañana siguiente, como si lo velara, pero no, en verdad sólo lo admiraba. se veía tan hermoso, de tantos colores brillantes, casi como hecho de plástico.


volamos muchísimo




volamos muchísimo.
todavía ni amanecía y ya llevábamos horas enteras rasgando azul.
para el atardecer ya habíamos pasado por todos los países, incluso algunos nos lanzaban misiles teledirigidos, pero subíamos hasta donde ya no hay arriba, y se asustaban por la oscuridad.
regresaban a sus estaciones de lanzamiento, todavía con un poco de escalofríos, explotando muy suave. en la noche seguíamos entre las estrellas heladas que apenas iluminaban nuestros ojos y era como ir inventándolas poco a poco. hasta que una tormenta eléctrica nos ayudó a alumbrar el aire y de tanto trueno se fue amaneciendo, pero el sol no ser enteró sino hasta la tarde, después de la tercera jarra de té, justo cuando la sutileza de las hojas se fundía con el viento ionizado de la atmósfera.
volamos tanto, que a las nubes les crecieron yerbas y arbustos; de repente nacían cauces y en vez de turbulencias, nuestra capitana esquivaba deslaves. los primeros árboles brotaron de las orillas húmedas de niebla y musgo. Otros aviones nos saludaban y a veces intercambiábamos pasajeros y aprendíamos los nuevos lenguajes del cielo.
a veces, los cirros caían como estalactitas, pero nuestra nave hubiera aguantado icebergs tamaño nimbostratos.
la turbosina se acabó desde hace mucho, pero lanzamos nuestro equipaje a la caldera, y por cada pasaporte, por cada dutifrí y cada cheque de viajero, ganábamos un rato más en el aire.
volamos y volamos tanto que la tripulación se transformó en una parvada de cóndores inmensos, y nos traían comida de la más diversa, toda conseguida de entre las jóvenes villas que comenzaban a poblar los cumulonimbos. Las nubes ya eran como unas tías abuelas monumentales, y nos cantaban vapores para antes de dormir.
mientras, el sol envejecía.
mientras, civilizaciones celestes nacían y decaían.
mientras, nosotros seguimos volando. sólo los cóndores nos hacían recordar de vez en cuando que ya nadie quería aterrizar, de tan hermosas las estrellas desde aquí y las telarañas solares que se reflejan en los lagos; de tan cálido el viento que se escurría del espacio. ninguno teníamos tiempo de pensar en el suelo.
volamos tanto que fuimos muriendo lentísimamente, como arcoiris sobre niebla de cascada, todos felices de que nos ennubaran en panteones de estratocúmulos. después, seguimos volando mucho más, para siempre.