del universo y todo dentro de éste

el problema es que nací sabiéndolo casi todo. por eso se burlan de mí.
me dicen, si naciste sabiéndolo todo, entonces por qué estás aquí con nosotras, en este calabozo. y ríen al unísono, como cuando las palomas del kiosko al tronar el primer cuete de las fiestas.
y sí, esa es una de las pocas cosas que no sé, qué fuerza me tiene aquí metida, cuando hay tantos y tantos lugares qué conocer. en cambio espero a que dejen de reír y les intento explicar la formación de la vía láctea y su inminente destrucción. ríen.
oye, dice una, tú que todo lo sabes, ¿sabías esto? y me pellizca el brazo. mientras vuelven sus carcajadas me doy cuenta que sí, sí sabía eso. para distraerlas, les pregunto que si quieren saber el verdadero origen del ser humano. les comienzo a enseñar las reglas más simples de la evolución lingüística. les hago el cálculo de los cuatrillones de neutrinos que están atravesándonos en este momento. poco a poco se van aburriendo y se alejan y entonces sólo queda medusa sonriente, y se me acerca y cuando me besa me duele más mi brazo, sus cabellos se enredan todos en mí, como buscando algo que no pueden encontrar y me impregnan de su olor a tormenta niña. se meten en mis ojos, en mis oídos, entre nuestras lenguas: nos besamos ella, yo y sus cabellos delgados y chinos como las raíces de las primeras plantas del planeta.
me besa desde la frente y la acaricia.
me quedo tan inmóvil que sólo puedo pensar en una parte de lo que son estos besos suyos que siguen bajando desacelerados, catando mi cara. y cuánto no entiende ella de lo mucho que trasciende esta unión nuestra, que no somos sólo dos, sino miles y millones de seres muertos y vivos los que gracias a su boca nos estamos besando. herencia genética, bacterias y microorganismos que nos traspasamos en la saliva, tradiciones, genes, todos los miles de animales que fuimos antes de llegar a ser nosotros dos besándonos.
le pregunto si quiere saber la historia entera de su familia, de cómo sus ancestros cruzaron varios océanos para escapar de otros ancestros suyos. tal vez esté interesada en que le diga exactamente con cuántas culturas extraterrestres podríamos entablar comunicación con la tecnología que poseemos en este momento. pero la gorgona ya está cansada y prefiere irse a dormir, entonces la acompaño a la calle y comenzamos a andar por entre los brazos de este dragón petrificado. y en el camino voy enredándome entre todas las cosas que se me ocurren para contarle y su melena.
mientras le comienzo a explicar algunas maneras sencillas de acabar con la religión y la economía, me dice sonriendo, hermosa, ya no nos veremos más. y por eso me encanta, porque yo que sé casi todo, nunca habría sabido que diría algo así. y sigo sin saberlo aparentemente, porque yo también sonrío, y la beso y le pido, sí, sálvame mañana también, y le muestro el fantasma de pellizco en mi brazo. sin dejar de besarme ni domar sus raíces me dice, no, ya no nos veremos más. me mira y sonríe con esos labios de corazón de alcachofa y me doy cuenta que es en serio. que esa sonrisa es el bálsamo curándome del adiós, lo que no entiendo es por qué me sigue besando como si lo contrario. pero ya no me interesa entender, ni saber. sólo enredarme una última vez en toda esa cabellera solar, en esa mirada que desde el instante que me encontró ha intentado hacerme piedra.
me da la espalda y se va caminando, pero sus serpientes se me quedan mirando todas ellas, y escucho cómo resucitan una canción olvidada hace muchos siglos y me la cantan suave hasta que desaparecen. la noche hace brillar las escamas del dragón piedra y yo, sin saber bien el porqué, me regreso al calabozo, saboreando cada paso como si fuera el último.


pisca

llevan desde antesito del alba levantando piedras y arrancando plantas. se escuchan como cien o sesenta gentes. toda la madrugada, con todos los pasos que le caben, y ya se clareó el cielo y parece que van a seguir aquí para siempre, recolectando el cerro entero. tirando plástico a lo largo del camino como señal de su llegada.
con razón antes de que llegaran, el silencio estaba zangoloteándose por todos lados, con sus cuarentaiocho pares de patas, dándole vueltas a las viznagas y trepándose de una maroma hasta la corona de los amates. todas las bestias lo veíamos desde lejos, porque sólo desde lejos se ve al silencio, hasta que se comenzaron a sentir los pasos de las personas, el suelo del monte advirtiéndonos de las visitas. entonces, con cada vibración, el silencio se fue torciendo un poquito, como con retortijones de hambre, bailando butoh al ritmo lejano de la multitud, hasta que se hizo chiquito, un milpiés gris, polvoriento, y rápido se fue a esconder donde ni el sol sabe, subido en un vientito.
vienen y cogen parejo con todo lo que encuentran. los niños meten sus deditos en las pencas para sacar a cosquillas a los gusanos del maguey; las viejas salpican agua serenada en ollas de barro y desenraizan a las mandrágoras mientras les cantan canciones de cuna para no despertarlas.
cuando se vaya la última de las personas, sólo las jaurías de vientos se atreverán a empezar sus correteos para enterarse de todo y después van y se lo platican a los pastos mientras los peinan rumbo a todos lados.
los hombres más fuertes traen palas y cavan y quedan al aire palacios de jumiles y termitas y tubérculos; viejos vienen con cuetes que suben al cielo y explotan una nube gris que atrae a los cervatillos.
pero yo soy más viejo, y ya conozco. el mejor escondite es abajo del plástico. aquí nadie busca, es invisible, como si no fuera de ellos. ahorita estoy en una botella de refresco, sería mejor una bolsa, ahí sí no hay problema.
bandas de viento tocan sones arrítmicos y sin letra que desquician a los búhos y los hacen caer en redes invisibles; las niñas embarazadas se tienden sobre las rocas grandes en una manta tejida de lino y ya, solitas las hormigas van a entregarles sus escamoles.
pero nadie las culpa, a las personas. pobre plaga, ni logra lidiar consigo misma. al contrario, me da lástima porque pronto ya sólo estaremos yo y el plástico, y luego ni yo, nomás el plástico que ni siquiera aprende a moverse, cuantimenos a hablar, y entonces me nace la curiosidad.
le pregunto al alacrán si ha visto criaturas nacer del plástico, pero en vez de responderme se da cuenta de algo: se acerca alguien. es un niño que lo vio y que no ha dudado en capturarlo. cuando estira la mano, el alacrán lo pica una, dos, tres veces. cada vez en un dedo diferente, y camina hacia atrás mientras baila con la mano una canción que improvisa su aguijón. justo cuando trata de huir lo pisa una suela gigante que viene de otro lado.
se llevan corriendo al niño, y nos dejan ahí. mi amigo, el alacrán, yace aplastado con sus entrañas de fuera. sólo abre y cierra una tenacita de puro instinto, pero ya está muerto.
creo que sobra decirlo, pero se ve hermoso. tan brillante su piel transparente a la luz de la tarde, con todas las curvas de su cuerpo perfectamente delineadas, cientos de vellos tangenciales, víceras de todos los colores saboreando la libertad.
fue cayendo la tarde y poco a poco todas las personas se fueron a sus pueblos. yo me quedé ahí, junto al alacrán hasta la mañana siguiente, como si lo velara, pero no, en verdad sólo lo admiraba. se veía tan hermoso, de tantos colores brillantes, casi como hecho de plástico.


volamos muchísimo




volamos muchísimo.
todavía ni amanecía y ya llevábamos horas enteras rasgando azul.
para el atardecer ya habíamos pasado por todos los países, incluso algunos nos lanzaban misiles teledirigidos, pero subíamos hasta donde ya no hay arriba, y se asustaban por la oscuridad.
regresaban a sus estaciones de lanzamiento, todavía con un poco de escalofríos, explotando muy suave. en la noche seguíamos entre las estrellas heladas que apenas iluminaban nuestros ojos y era como ir inventándolas poco a poco. hasta que una tormenta eléctrica nos ayudó a alumbrar el aire y de tanto trueno se fue amaneciendo, pero el sol no ser enteró sino hasta la tarde, después de la tercera jarra de té, justo cuando la sutileza de las hojas se fundía con el viento ionizado de la atmósfera.
volamos tanto, que a las nubes les crecieron yerbas y arbustos; de repente nacían cauces y en vez de turbulencias, nuestra capitana esquivaba deslaves. los primeros árboles brotaron de las orillas húmedas de niebla y musgo. Otros aviones nos saludaban y a veces intercambiábamos pasajeros y aprendíamos los nuevos lenguajes del cielo.
a veces, los cirros caían como estalactitas, pero nuestra nave hubiera aguantado icebergs tamaño nimbostratos.
la turbosina se acabó desde hace mucho, pero lanzamos nuestro equipaje a la caldera, y por cada pasaporte, por cada dutifrí y cada cheque de viajero, ganábamos un rato más en el aire.
volamos y volamos tanto que la tripulación se transformó en una parvada de cóndores inmensos, y nos traían comida de la más diversa, toda conseguida de entre las jóvenes villas que comenzaban a poblar los cumulonimbos. Las nubes ya eran como unas tías abuelas monumentales, y nos cantaban vapores para antes de dormir.
mientras, el sol envejecía.
mientras, civilizaciones celestes nacían y decaían.
mientras, nosotros seguimos volando. sólo los cóndores nos hacían recordar de vez en cuando que ya nadie quería aterrizar, de tan hermosas las estrellas desde aquí y las telarañas solares que se reflejan en los lagos; de tan cálido el viento que se escurría del espacio. ninguno teníamos tiempo de pensar en el suelo.
volamos tanto que fuimos muriendo lentísimamente, como arcoiris sobre niebla de cascada, todos felices de que nos ennubaran en panteones de estratocúmulos. después, seguimos volando mucho más, para siempre.

la vida

la vida
que pende sobre la vida
que flota con otra vida
que salta alrededor de una vida que
cruje
a mi vida y que es tatuada por la tuya, para toda mi vida.
Que, arriba de nuestra vida, hace el sudor amorosa, lentamente;

que la vida vive y que va
poco a poco
y cada vez con más destiempos llamando a su vida, pues es hora de comer.
la vida que le hace de comer a la vida y que día a día, entre más pasa la vida, menos llena se siente, a veces sola.
la vida a veces se siente sin vida. es como una soledad sin manzanas, me dice.

sigue viviendo, y después de comer, y de dormir, y de soñar a la vida; incluso después de hacer el lento y sudado amor sobre ti y sobre mí, se siente sin vida. A veces, pasa el tiempo y la vida se siente sin vida y sin nadie y pasa todavía más tiempo, y no siente a su rededor a la vida saltar, ni flotar, ni pender, ni crujir, ni extrañar. Y me platica que ya nada queda por vivir o por sudar. No recuerda imperceptibles vidas volando sobre viejos campos sembrados de vidas, bajo el calor de la infancia.
No hay nada en su vida y simplemente vive sus días con dolor y con desgana.
Simplemente muere.

jaula de klein


a mí, sólo dos veces me han tenido que matar. como dicen, la segunda muerte vale para pura verga. pero la primera.
iba yo a cazar cazadores, al desierto de san luis. mi mujer me dijo cuando arreglaba mis cosas,
¿pero qué no te das cuenta de que aquellos cazadores a los que cazas, a su vez están cazando cazadores?
la ventana abierta aleteaba una brisita que me hacía pátina el sudor de la cara. entre que me perdí en su trabalerinto y entre que la vi sonreírme de ojos a cuello,  ya no pude andarme tranquilo. una sonrisa como si estuviera yo en aquellas jaulas de alambre junto a los halcones, las cascabeles, las iguanas, los búhos, los migrantes, los coyotes, los tepezcuincles. la verdad es que aquí todos estamos jodidos, todos en jaulas oxidadas que se contienen una a otra, seguros de que la llave a nuestra cárcel se esconde en las vísceras del de al lado. me quedé pensando en eso el resto de la tarde. desde el beso calor que me despidió en la puerta, hasta la última sangre que me vaciaron del cuerpo.



Gatizne



1

las últimas semanas no he estado con mi gatita, hoy la anduve extrañando. maldita gatita negra hermosa. cuando nos encontramos por la vida es como cuando de niño iba a jojutla y justo al cruzar los hules a la entrada de cuernavaca me valía madres el aire acondicionado y los boleros de manuel y bajaba todita mi ventana.
acaricio y magullo su pellejo suave y se me unta, tibia, y es como el vendaval que se le untaba a todo el coche y a mi hermano y a mis papás que me regañaban por bajar la ventana y yo me hacía wey, o no escuchaba por tener la cabeza afuera, siendo azotado por abukets de aire caliente.
y las llantas ronroneaban el asfalto a toda velocidad, porque en esa época, por cuernavaca no había tráfico. luego no me aguanto más y comienzo a pellizcarle su pellejo, pero con la boca, o sea, la muerdo-babeo y gruño, y se espanta y se me trata de escapar, pero jamás podrá, pues la abrazo todita al mismo tiempo que se me ocurre aventarla al cielo, pues me imagino que sentirá como cuando yo sacaba todo el brazo con la mano como nave espacial y pasábamos una curva y la nave tenía que maniobrar para no chocar contra el muro de contención.

2

antes de ser gata, era tizne. salió de la chimenea más vieja del ingenio de zacatepec, una tarde de zafra. en vez de quedarse por los alrededores, o de caer sobre las calles de algún pueblo, tizne aprovechó una corriente y planeó durante meses. vio los arrozales, los cuerpos sin cabeza, los cerros verdes y azules y grises de morelos; a policías asesinos o asesinados y balnearios repletos de gente.
y aquí ya me pierdo un poco. no sé si se aburrió o le dio frío o por andar viendo tanto cerro le empezaron a salir dos ojos verdes como el musgo y le estorbaban para flotar. el caso es que pasando tres marías, comenzó a bajar. sin saber a dónde ni por qué. siguió bajando, muy aliviada de no saber a dónde ni por qué, hasta que aterrizó en el mercado de plantas de xochimilco. flotó despacio, al compás de las flores que apenas iban abriendo, y fue a dar al vientre de una gata que, sin cuestionarlo siquiera, parió a finales de marzo un híbrido de cniza de caña y gato. porque al final de cuentas, entre que sí y entre que no, mi gatita negra se quedó a la mitad de su metamorfosis, inspirada seguramente por los axolotes de la zona. por eso gatizne a veces se vuelve humo que se disuelve al contacto y otras sólo se me unta suave y tibia. y también por eso ni maúlla, sólo abre su boquita minúscula, puja muy poco para no deshacerse y lo que sale es más como una burbuja de jabón que como un maullido. ¡plup! revienta en mi cara y cruzamos el apatlaco. a punta de caricias y rasguños hemos llegado a jojutla.

distrito de feral


aquí todos nos comemos a todos, en el distrito. justo hoy en la mañana que salí al océano de flema vaporosa vi cómo una cucaracha cogía la carnada dulce que unos niños le tendieron. demasiado tarde se dio cuenta y, aterrorizada, se escabulló por una grieta del pavimento con un pequeño pedazo de caramelo. pero en dos zancadas los niños ya estaban sobre de ella, y yo, con un espectáculo que por fin me hacía sonreír. aunque la desmañanada, el hambre, el frío, yo sonreía. antier una mujer al ver mi camiseta preguntó, ¿te atacó un tigre? no, sólo está vieja.
o: sí, el tigre del tiempo. que merodea este distrito laberinto.
el más grande estaba a punto de atrapar la cucaracha cuando lo tomé del cuello para impedirlo. ya está bueno de juegos, niños. y me voltean a ver con espanto y desprecio, con la mirada de un operador del metro cuando, apunto de llegar a la siguiente estación, atisba un suicida irremediable. yo les sonrío, y para entonces la cucaracha pasa junto a mí, rápida y agradecida. antes de escuchar cualquier queja, les hago seña de que me sigan y volteo hacia la puerta del edificio, hacia donde escapa la cucaracha, todavía con el pedazo de dulce.
adentro, el sol no conoce, pero yo sí: sigo a la cucaracha que se pega a la pared, los niños tras de mí. cruza toda la planta baja y al llegar a la escalera, se mete por una ranura en la esquina. la sigo por el pequeño hueco. los niños curiosos quedan atrás, quejándose por no poder continuar. en la seguridad del entremuro, la cucaracha disminuye la velocidad, voltea hacia mí, me mueve sus antenas. pasamos monedas de antes de la devaluación, una colilla, una punta de obsidiana.
llegamos al otro cuarto, que llevaba cerrado desde antes de que llegara al edificio, y cuya inspección había pospuesto por tanto.
como siempre imaginé, el cuarto estaba vacío, sólo el piso lleno de revistas y periódicos y charcos. la cucaracha corre hacia una esquina donde un cajón de aluminio y varias revistas forman una torre y entiendo por qué se atrevió a tomar la paleta carnada: deja el dulce a los pies de las columnas de huevecillos. torre nido, como ésta que llegamos a invadir hace seis años. sus antenas acarician cada huevo, es un director de orquesta que mece el aire con una sonata dedicada a la miel de agave. algunas minúsculas recién nacidas se acercan al festín, le dan lamidas transparentes.
este lugar es un santuario de vida: reconozco ya otros nidos de más cucarachas, arañas, peces plateados e incluso lo que puede ser un hoyo de ratón. de ahí en fuera, sólo las paredes manchadas con hongo y con grietas. pero éstas no son grietas de tigrel aquel, no. son  más bien coleadas de algún dragón temblor, pues esos animales también se agitan y fornican y pelean por entre el fango del subsuelo. ese lodo mórbido, que es como la última maldición de los antiguos hacia los modernos: un vómito que con el tiempo sólo ha empeorado, que no contiene más vida que los dragones temblor que tiran seguido edificios viejos para comérselos, porque ellos también son parte de este distrito digestivo.
los niños siguen en el pasillo, y sé que no han comido en días y que este cuarto los proveerá durante unas cuantas semanas. dudo un poco, porque este lugar es como cuando quedaba una sola hectárea de tierra en la amazonía y todo el mundo estaba al tanto y donaban lo que podían para preservarla, aquella última hectárea de selva.
abro la puerta y les pido silencio. cuando todos están en el umbral, les señalo los nidos y por fin entienden por qué dejé ir hace rato a la cucaracha. corren hacia todas la paredes y comienzan a devorar a las pequeñas que escapan por todos lados. aquella última hectárea al final no pudo sobrevivir. por más cuidados que le dieron, todos los árboles y las plantas y los insectos que quedaban fueron secándose. los niños ríen, y de entre los pies sin zapatos veo a la primera cucaracha, mi amiga de la carnada, que intentar escabullirse: su nido está perdido y lo único que le queda es hacerse otro en algún cuarto olvidado de este distrito, ni que fuera una puta selva lloriquita. pero no, un niño la toma y se la come lentamente.
lo veo disfrutar cada pata, cada ala, y lo que me queda de estómago salta y ruge hacia esa escena frente a mí. y es que hace días que no como. tantos que ya me sentía en la frontera de volverme comida. venía cazando a esa cucaracha desde antier y estos niños terminaron por ser de mucha ayuda. aplaudo y saco un, hey, escuincles, la comida no es gratis, ¿quién va a ser de ustedes? y todos al mismo tiempo señalan a uno, al más magullado por el distrito, y cuando se da cuenta, trata de escapar, pero entre todos lo azotan al piso y lo golpean y amarran y me lo entregan. nos sonreímos amablemente y les hago seña de que pueden seguir en lo suyo. me cargo mi botín en el hombro y subo hacia mi cuarto. en la escalera, el tigre tiempo me mira desde una sombra, y se pasa la lengua por entre sus colmillos.

Ceniza de miércoles

qué bonito es despertar así, sin piel ni carne. los puros huesos.
uno se sienta y todo truena como cuando le dabas cuerda a aquel reloj de piso. o como los tambores que tocan las cigarras cuando cae la primavera. o como cuando no entra la reversa de un coche hecho de cuarzo. o como aquella tarde junto al río, cuando por primera vez escuché el chismorreo metal de los zanates y me enamoré para siempre. o no, sólo como un reloj de piso, al contrario del eco de clepsidra que es la carne.
y aunque caminar es más difícil, vale la pena el viento que recorre las curvas de mi esqueleto, todas ellas. el viento sabueso que me olfatea y reconoce y antes de irse por un hueco, me lame y deja esa saliva tan suya que es el polvo.
y mientras, mi cuerpo caminante se obstina en darle cuerda a esta caja hueca que ya no da ni el año pero que llega a la puerta y entonces la calle. y al cruzar el umbral, sin campanas, ni alarmas, ni sorpresas, me deshago como cremado por una tarde suave. y el viento, que me esperaba entuzado tras el ajenjo, ladra mi bienvenida y me rodea y hasta arriba del cielo moldea nuevos relojes y clepsidras con mis restos
y ya para la noche,
cansado,
me lleva volando
de regreso a la playa.