Ceniza de miércoles

qué bonito es despertar así, sin piel ni carne. los puros huesos.
uno se sienta y todo truena como cuando le dabas cuerda a aquel reloj de piso. o como los tambores que tocan las cigarras cuando cae la primavera. o como cuando no entra la reversa de un coche hecho de cuarzo. o como aquella tarde junto al río, cuando por primera vez escuché el chismorreo metal de los zanates y me enamoré para siempre. o no, sólo como un reloj de piso, al contrario del eco de clepsidra que es la carne.
y aunque caminar es más difícil, vale la pena el viento que recorre las curvas de mi esqueleto, todas ellas. el viento sabueso que me olfatea y reconoce y antes de irse por un hueco, me lame y deja esa saliva tan suya que es el polvo.
y mientras, mi cuerpo caminante se obstina en darle cuerda a esta caja hueca que ya no da ni el año pero que llega a la puerta y entonces la calle. y al cruzar el umbral, sin campanas, ni alarmas, ni sorpresas, me deshago como cremado por una tarde suave. y el viento, que me esperaba entuzado tras el ajenjo, ladra mi bienvenida y me rodea y hasta arriba del cielo moldea nuevos relojes y clepsidras con mis restos
y ya para la noche,
cansado,
me lleva volando
de regreso a la playa.