qué bonito es despertar así, sin piel ni carne. los puros huesos.
uno
se sienta y todo truena como cuando le dabas cuerda a aquel reloj de
piso. o como los tambores que tocan las cigarras cuando cae la primavera. o
como cuando no entra la reversa de un coche hecho de cuarzo. o como aquella tarde junto al río, cuando por primera vez escuché el chismorreo metal de los zanates y me enamoré para siempre. o no, sólo como
un reloj de piso, al contrario del eco de clepsidra que es la carne. y mientras, mi cuerpo caminante se obstina en darle cuerda a esta caja hueca que ya no da ni el año pero que llega a la puerta y entonces la calle. y al cruzar el umbral, sin campanas, ni alarmas, ni sorpresas, me deshago como cremado por una tarde suave. y el viento, que me esperaba entuzado tras el ajenjo, ladra mi bienvenida y me rodea y hasta arriba del cielo moldea nuevos relojes y clepsidras con mis restos
y ya para la noche,
cansado,
me lleva volando
de regreso a la playa.
