aquí todos nos comemos a todos, en el distrito. justo hoy en la mañana que salí al océano de flema vaporosa vi cómo una cucaracha cogía la carnada dulce que unos niños le tendieron. demasiado tarde se dio cuenta y, aterrorizada, se escabulló por una grieta del pavimento con un pequeño pedazo de caramelo. pero en dos zancadas los niños ya estaban sobre de ella, y yo, con un espectáculo que por fin me hacía sonreír. aunque la desmañanada, el hambre, el frío, yo sonreía. antier una mujer al ver mi camiseta preguntó, ¿te atacó un tigre? no, sólo está vieja.
o: sí, el tigre del tiempo. que merodea este distrito laberinto.
el
más grande estaba a punto de atrapar la cucaracha cuando lo tomé del
cuello para impedirlo. ya está bueno de juegos, niños. y me voltean a
ver con espanto y desprecio, con la mirada de un operador del metro cuando, apunto
de llegar a la siguiente estación, atisba un suicida irremediable. yo
les sonrío, y para entonces la cucaracha pasa junto a mí, rápida y
agradecida. antes de escuchar cualquier queja, les hago seña
de que me sigan y volteo hacia la puerta del edificio, hacia donde
escapa la cucaracha, todavía con el pedazo de dulce.
adentro, el sol no conoce, pero yo sí: sigo a la cucaracha
que se pega a la pared, los niños tras de mí. cruza toda la planta baja y al llegar a la escalera, se mete por una ranura en la esquina. la sigo por el pequeño hueco. los
niños curiosos quedan atrás, quejándose por no poder continuar. en la seguridad del
entremuro, la cucaracha disminuye la velocidad, voltea hacia mí, me
mueve sus
antenas. pasamos monedas de antes de la devaluación, una colilla, una
punta de obsidiana.
llegamos al otro cuarto, que llevaba cerrado desde antes de que llegara al edificio, y cuya inspección había pospuesto por tanto.
como siempre imaginé, el cuarto estaba vacío, sólo el piso lleno de revistas y periódicos y charcos. la cucaracha corre hacia una esquina donde un cajón de aluminio y varias revistas forman una torre y entiendo por qué se atrevió a tomar la paleta carnada: deja el dulce a los pies de las columnas de huevecillos. torre nido, como ésta que llegamos a invadir hace seis años. sus antenas acarician cada huevo, es un director de orquesta que mece el aire con una sonata dedicada a la miel de agave. algunas minúsculas recién nacidas se acercan al festín, le dan lamidas transparentes.
este lugar es un santuario de vida: reconozco ya otros nidos de más cucarachas, arañas, peces plateados e incluso lo que puede ser un hoyo de ratón. de ahí en fuera, sólo las paredes manchadas con hongo y con grietas. pero éstas no son grietas de tigrel aquel, no. son más bien coleadas de algún dragón temblor, pues esos animales también se agitan y fornican y pelean por entre el fango del subsuelo. ese lodo mórbido, que es como la última maldición de los antiguos hacia los modernos: un vómito que con el tiempo sólo ha empeorado, que no contiene más vida que los dragones temblor que tiran seguido edificios viejos para comérselos, porque ellos también son parte de este distrito digestivo.
los niños siguen en el pasillo, y sé que no han comido en días y que este cuarto los proveerá durante unas cuantas semanas.
dudo un poco, porque este lugar es como cuando quedaba una sola hectárea de tierra en la amazonía y todo el mundo estaba al tanto y donaban lo que podían para preservarla, aquella última hectárea de selva.llegamos al otro cuarto, que llevaba cerrado desde antes de que llegara al edificio, y cuya inspección había pospuesto por tanto.
como siempre imaginé, el cuarto estaba vacío, sólo el piso lleno de revistas y periódicos y charcos. la cucaracha corre hacia una esquina donde un cajón de aluminio y varias revistas forman una torre y entiendo por qué se atrevió a tomar la paleta carnada: deja el dulce a los pies de las columnas de huevecillos. torre nido, como ésta que llegamos a invadir hace seis años. sus antenas acarician cada huevo, es un director de orquesta que mece el aire con una sonata dedicada a la miel de agave. algunas minúsculas recién nacidas se acercan al festín, le dan lamidas transparentes.
este lugar es un santuario de vida: reconozco ya otros nidos de más cucarachas, arañas, peces plateados e incluso lo que puede ser un hoyo de ratón. de ahí en fuera, sólo las paredes manchadas con hongo y con grietas. pero éstas no son grietas de tigrel aquel, no. son más bien coleadas de algún dragón temblor, pues esos animales también se agitan y fornican y pelean por entre el fango del subsuelo. ese lodo mórbido, que es como la última maldición de los antiguos hacia los modernos: un vómito que con el tiempo sólo ha empeorado, que no contiene más vida que los dragones temblor que tiran seguido edificios viejos para comérselos, porque ellos también son parte de este distrito digestivo.
abro la puerta y les pido silencio. cuando todos están en el umbral, les señalo los nidos y por fin entienden por qué dejé ir hace rato a la cucaracha. corren hacia todas la paredes y comienzan a devorar a las pequeñas que escapan por todos lados. aquella última hectárea al final no pudo sobrevivir. por más cuidados que le dieron, todos los árboles y las plantas y los insectos que quedaban fueron secándose. los niños ríen, y de entre los pies sin zapatos veo a la primera cucaracha, mi amiga de la carnada, que intentar escabullirse: su nido está perdido y lo único que le queda es hacerse otro en algún cuarto olvidado de este distrito, ni que fuera una puta selva lloriquita. pero no, un niño la toma y se la come lentamente.
lo veo disfrutar cada pata, cada ala, y lo que me queda de estómago salta y ruge hacia esa escena frente a mí. y es que hace días que no como. tantos que ya me sentía en la frontera de volverme comida. venía cazando a esa cucaracha desde antier y estos niños terminaron por ser de mucha ayuda. aplaudo y saco un, hey, escuincles, la comida no es gratis, ¿quién va a ser de ustedes? y todos al mismo tiempo señalan a uno, al más magullado por el distrito, y cuando se da cuenta, trata de escapar, pero entre todos lo azotan al piso y lo golpean y amarran y me lo entregan. nos sonreímos amablemente y les hago seña de que pueden seguir en lo suyo. me cargo mi botín en el hombro y subo hacia mi cuarto. en la escalera, el tigre tiempo me mira desde una sombra, y se pasa la lengua por entre sus colmillos.
