llegué a playa limbo pasado el calor de la tarde, justo cuando los pájaros se arrimarían a cualquier árbol a cantarle a sus ramas, si todavía hubiera pájaros o árboles o ramas. me recibieron un hombre y una mujer vestidos de traje negro y peinados con gel en la recepción del hotel. el mar se veía al final de los ventanales, pero las olas que se escuchaban eran una grabación. comienza mañana a primera hora, ésta es su llave, me dijo el hombre. aunque sea un empleado temporal nuestro, por motivos fiscales será tratado como un huésped más: ésta será su persona y aquí tiene sus dos alacranes, y me señaló a una mujer con vestido de algodón que fumaba sentada en la esquina, en la mano una cajita de acrílico donde se movían unas sombras. su mirada era casi como los pasos de un cocodrilo que tuvo una pelea encarnizada y ahora está muy herido y busca una sombra húmeda para recuperarse.
no hago caso al hombre que sigue hablando, ni a la grabación, ni a la mirada, y le sonrío cuando me mira. sin querer, tira la ceniza en la alfombra impecable, pero sólo ella y yo lo notamos. al salir de ahí, el calor nos vomita vaho y moscos durante el trayecto a mi habitación, que está a al final de una gran caminata entre cuartos y selva seca .
dejé morir la tarde, viéndola pintar todo mi cuarto de rojo. el hotel ya está muy cansado y comienza a ser paisaje otra vez, los muros salitrosos invadidos de arena y madera y varios nidos que llevan décadas vacíos. desde que llegamos, la mujer se acostó en la cama y después de fumar una cajetilla finge dormir. pero cuando me acuesto, se gira boca arriba, tapándose los ojos con el antebrazo. no me toca, pero tampoco se quita cuando le pongo la mano justo bajo su seno. cierro los ojos.
como llegué caminando a playa limbo, me quedo dormido enseguida. sueño que estamos juntos otra vez. estamos solos, pero nos están viendo millones. pienso algo y a la hora de hablar veo salir otras palabras y luego en el camino a tus oídos se vuelven otras y para cuando llegan a tu cerebro, todos los demás se están burlando de nosotros con una risa monótona, como un enjambre creciendo lento, como un zumbido que de repente comienza a llenarlo todo y despierto. me doy cuenta de que el enjambre es el ventilador del techo y me deja hiptonizado durante un rato. la mujer ya no está, sólo una caja de acrílico abierta, ahora mi brazo descansa sobre un alacrán y fueron sus piquetes los que me despertaron. vuelvo a dormir, y sigo soñando, pero ya no es contigo, ya no importa.
