a mí me dan mucha curiosidad las reacciones de los meseros, por eso no me molesta que se ponga a leer mis restos de caldo. antes me ha dicho que,
leer, leer, lo que se dice leer, puedo leer hasta la mierda, pasando por postres, bebidas, incluso he llegado a leer libros. y sonríe.
pero el caldo de mariscos es diferente. tanta muerte en su interior lo hacen rico en historias tangibles. esta vez me quita los restos del plato justo cuando queda lo más rico, toma mi cuchara, y la comienza a raspar con el plato de barro. levanta un poco de caldo y lo deja caer desde arriba. dice,
tengo que dejar de hacer esto, carnívoro, de leer la comida: nos traerá problemas. y le respondo,
¿eso te dice el pulpo, o también notaste las miradas de los viejitos que atienden?
me ignora. mientras toma una cabeza de camarón y la parte en dos,
come-cadáveres, el jueves te va a tocar la puerta una vecina porque se le murió su niño y necesita para el entierro. sí es verdad. se acerca la coraza y la huele y observa de frente,
pero no le des un quinto a esta bruja, porque fue ella quien lo mató.
puta madre. dice entre dientes, después de revolver el caldo frío. la pareja anciana que sirve y cobra, nos observa de lejos, cuchichean.
¿qué pasará?, pregunto bajo.
nada. que se me va a romper un comal de barro a pocas horas de haberlo comprado. precioso.
¿y el niño, por qué lo mató o qué?
bien sabes que el caldo no te dice lo que quieres escuchar, comecarne. nomás mira los restos del plato, todo lleno de muerte y porquería que tú te comes como si nada.
oiga, señorita, yastuvo bueno, se me va a tener que retirar en este momento, no queremos que ande haciendo sus brujerías aquí con nosotros ninsultando a nuestra comida.
señor don viejito, dice mientras empuja su silla, usted, su mórbido negocio y su lobotomizada clientela me insultan con su sola existencia, así que, supongo, estamos a mano.
y se va sin voltear atrás.
y regresa por su bolsa mientras pago, y nos vamos juntos a su cuarto.