me desperté con un cuerpo de plomo que me adhería a la cama. hasta respirar era difícil y pasaron mucho minutos antes de que pudiera moverme. los usuales ruidos de mi cuarto también estaban recién despiertos, y todos modorros nos levantamos y decidimos que las doce y media era un buen momento del día para empezar.
preferí levantarme con tiento, despacio. quitar mis cobijas sin hacer ruido, pues la luz rondaba mi ventana con hambre de invadirme, como un buen lobo.