La lluvia llovía desde hace horas y seguía y seguía, e incluso siguió lloviendo mucho tiempo después de que acabó este texto. Y todavía mucho después de que los músicos guardaron sus instrumentos y de sus alientos y sudores hicieron cervezas y pulque. Mientras vas al baño, logro seguir la trayectoria de una gota que se lanza desde un tragaluz cicatrizado por el tiempo. Cae acelerada y muere sobre un cello que se prepara para tocar y no alcanzo a distinguir desde aquí la diferencia entre esa gota y la que le sigue, la verdad.
Pero eso no importa. Ni el chubasco, ni que ninguna gota sea igual a la otra aunque todas caigan en el mismo asfalto cerdo. Menos importan las inundaciones de periférico y viaducto, pues estamos adentro de esta cantina con música improvisada, y ya me estoy secando los pies helados y aquí el caos está peor, o aquí el caos está mejor, y sólo te enteras porque el agua cae en tus piernas, en tu cabeza, en el cenicero; mientras las notas y ruidos y ritmos caen en todos lados. Una gota le cayó al porro y lo apagó, pero mis cerillos están guardados y secos y tampoco hay tantas goteras aquí dentro, sólo suficientes para perderme en lo que regresas con una caguama en la mano.
Mientras, los gritos y el contrabajo y la batería y las paredes tan manchadas que parecen participar también en la música que hace lo posible por esconder la tromba y el tráfico. O no, no se esconde nada realmente, todo se suma. No, todo se integra, pues según las matemáticas, la integral es la suma de infinitas microsumas, y esto no es más que la aglomeración absoluta y cacofónica de todas las microestridencias que contiene este cuadrante del centro histérico. Pues no son sólo los músicos, los truenos y las gotas implacables, también están los camotes, los tamales, los helados que pasan por afuera de esta cantina aunque haya una tormenta, porque en la ciudad de México nada detiene la venta, o más bien nada detiene el hambre, tanto de los peatones como de los mismos vendedores. Sólo es cuestión de ponerse un impermeable improvisado y listo. Porque nada al final de cuentas es tan improvisado, ni la lluvia ni la música. Nada, excepto tú, cariño.
Tú eres la improvisación más estrepitosa de la noche. Tu presencia aquí conmigo, tu olor, tus ojos, la música silente que sale de esos chinos que intentas contener, de esa boca hinchada de carne y piel que afortunadamente no intentas contener. Tú eres el síncope, la escala microtonal: lo que menos hace sentido en un lugar tan sucio e inundado. Como una acuarela en el graffiti. Menos sentido que un saxofón sin lengüeta, que una batería siendo tocada con un arco de contrabajo.
Y la música seguirá lloviendo en la ciudad, y la tormenta caerá sin ritmo en los comensales que poco entienden de nihilismo: algunos incluso grabaron la sesión. Como si no fuera necesario estar aquí, mojados, como si cualquier tecnología de reproducción pudiera recrear la nube de humo vaho que calienta un poco, el olor de humanos satisfechos y un poco ebrios. No se les ocurre que la música es como tus besos, que saben tan sublimes porque hoy estamos aquí y ni mañana ni nunca volveremos a besarnos de esta manera.
Aplauden muchísimo cuando acaban los músicos y éstos cambian sus alientos y sudores por cervezas y pulque, pero pasan inadvertidos de la melodía más salvaje, más fugaz, que es tenerte aquí, a mi lado, como si fuera de lo más normal. Nos seguimos besando un rato antes de irnos cada quien a su esquina de ciudad, a seguir cayendo en el mismo asfalto cerdo.