Rondas repentistas

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La lluvia llovía desde hace horas y seguía y seguía, e incluso siguió lloviendo mucho tiempo después de que acabó este texto. Y todavía mucho después de que los músicos guardaron sus instrumentos y de sus alientos y sudores hicieron cervezas y pulque. Mientras vas al baño, logro seguir la trayectoria de una gota que se lanza desde un tragaluz cicatrizado por el tiempo. Cae acelerada y muere sobre un cello que se prepara para tocar y no alcanzo a distinguir desde aquí la diferencia entre esa gota y la que le sigue, la verdad.

Pero eso no importa. Ni el chubasco, ni que ninguna gota sea igual a la otra aunque todas caigan en el mismo asfalto cerdo. Menos importan las inundaciones de periférico y viaducto, pues estamos adentro de esta cantina con música improvisada, y ya me estoy secando los pies helados y aquí el caos está peor, o aquí el caos está mejor, y sólo te enteras porque el agua cae en tus piernas, en tu cabeza, en el cenicero; mientras las notas y ruidos y ritmos caen en todos lados. Una gota le cayó al porro y lo apagó, pero mis cerillos están guardados y secos y tampoco hay tantas goteras aquí dentro, sólo suficientes para perderme en lo que regresas con una caguama en la mano.

Mientras, los gritos y el contrabajo y la batería y las paredes tan manchadas que parecen participar también en la música que hace lo posible por esconder la tromba y el tráfico. O no, no se esconde nada realmente, todo se suma. No, todo se integra, pues según las matemáticas, la integral es la suma de infinitas microsumas, y esto no es más que la aglomeración absoluta y cacofónica de todas las microestridencias que contiene este cuadrante del centro histérico. Pues no son sólo los músicos, los truenos y las gotas implacables, también están los camotes, los tamales, los helados que pasan por afuera de esta cantina aunque haya una tormenta, porque en la ciudad de México nada detiene la venta, o más bien nada detiene el hambre, tanto de los peatones como de los mismos vendedores. Sólo es cuestión de ponerse un impermeable improvisado y listo. Porque nada al final de cuentas es tan improvisado, ni la lluvia ni la música. Nada, excepto tú, cariño.

Tú eres la improvisación más estrepitosa de la noche. Tu presencia aquí conmigo, tu olor, tus ojos, la música silente que sale de esos chinos que intentas contener, de esa boca hinchada de carne y piel que afortunadamente no intentas contener. Tú eres el síncope, la escala microtonal: lo que menos hace sentido en un lugar tan sucio e inundado. Como una acuarela en el graffiti. Menos sentido que un saxofón sin lengüeta, que una batería siendo tocada con un arco de contrabajo. 

Y la música seguirá lloviendo en la ciudad, y la tormenta caerá sin ritmo en los comensales que poco entienden de nihilismo: algunos incluso grabaron la sesión. Como si no fuera necesario estar aquí, mojados, como si cualquier tecnología de reproducción pudiera recrear la nube de humo vaho que calienta un poco, el olor de humanos satisfechos y un poco ebrios. No se les ocurre que la música es como tus besos, que saben tan sublimes porque hoy estamos aquí y ni mañana ni nunca volveremos a besarnos de esta manera.

Aplauden muchísimo cuando acaban los músicos y éstos cambian sus alientos y sudores por cervezas y pulque, pero pasan inadvertidos de la melodía más salvaje, más fugaz, que es tenerte aquí, a mi lado, como si fuera de lo más normal. Nos seguimos besando un rato antes de irnos cada quien a su esquina de ciudad, a seguir cayendo en el mismo asfalto cerdo.

after Breton...

Mi mujer de pixeles, en hd. Me da besos a la velocidad de la luz, vía satélite. 
Mi mujer que me ama digitalmente, feromonas de radiofrecuencia expandiéndose en el Universo, para siempre. Mi mujer que me envía su amor y de paso a todos los exoplanetas que nos observan amarnos. 
Mi mujer con ojos láser y mirada dulce, con voz autotuneada, robótica. Que existe en algún otro tiempo. 
Pero no importa que la lejanía de la realidad, porque nuestro amor está en la nube. copy paste, forward with attachment, peer to peer. 
Mi mujer de cabellera salvaje, computando cuarenta mil operaciones por segundo, encriptadas con el número primo más grande dentro de la secuencia de pi. Ojos rebeldes de partículas iridiscentes que para siempre me hablarán en Forland, que me cantarán canciones de amor en sonido surround. 
Piel en 4K, cada poro, cada vello, renderizados con tecnología de punta. 
Mi mujer que está allá y aquí, que existe en simultaneidad sólo para mí, sonriendo, hablándome, amándome desde el futuro.

historia universal

y qué nos va a pasar cuando llegues a mis océanos y veas el agua roja por primera vez; 

cuando tus pies toquen mi playa 

y en vez de arena, todos mis vidrios filosos laceren tus plantas. 

qué va a suceder cuando surque tus mares y flamingos me sigan todo el camino, 

volando espirales graznido, 

deshaciéndose nubes rosas. 

y si llegas a la isla de mi piélago más oculto 

y me encuentras en el centro, 

enlodado, echo bola, temblando, 

entonces qué nos va a pasar.


lo inevitable: 

mis millones de ojos, tus manglares, todas las plagas que traes contigo, nuestros países colonizándose mutuamente, lentos, inclementes; tú y yo, dosificándonos con el vaho feromónico y ancestral de nuestras montañas más nevadas, intercambiando ciencias ocultas y entógenos ancestrales; la delta del río de luz y el viento de las nueve de la mañana; y nuestro aliento como el sol adormilado detrás de las nubes bajas, junto a muertecita complaciente, que canta hechizos de cuna; el estertor de nuestras aves anudando cielos, de cometas trayendo historias lejanas.

 
nos navegaremos hasta que alguno de los dos sea fragata 

y comience la nueva música, traída por algún viento

y de entre las olas salgan sus compases,

un ritmo que vaya alargando la marea alta 

hasta que todos los poros de nuestra playa queden empapados. 

 

cientos y cientos de años después, 

al bailar sobre la lama verde de entre los vidrios filosos que alguna vez fui,

nos heriremos sin lastimarnos, 

como al mordernos la carne y rasguñarnos los huesos,

como un clarinete tocando lo más bajo 

con una vibración de cocodrilo viejo. 

por fin podremos descansar un rato, 

entrepiernadas, 

en un cuchareo primigenio

nuestras manos bestias arrastrándose a la orilla, 

mordiendo la arena mojada, 

secándose al sol 

buscando huevos frescos de otras criaturas. 

y  poco después, los días feriados, los autos voladores, 

la lenta espera de una llamada que no llega, 

el fin de la muerte; las placas tectónicas, los cachorros, la explosión demográfica de todas las especies que creíamos extintas pero sólo hibernaban cerquita de nuestro culo. 

y los volcanes deshaciéndonos otros, 

los tigres del tiempo besando con amor todo a su paso. 

el fuego,

las tardes electromagnéticas. 

la antropología de nuestra risa, 

el gusto absurdo de cantarnos historias sin sentido.

y después

no sé, 

después ya no sé qué nos va a pasar.

playa limbo

llegué a playa limbo pasado el calor de la tarde, justo cuando los pájaros se arrimarían a cualquier árbol a cantarle a sus ramas, si todavía hubiera pájaros o árboles o ramas. me recibieron un hombre y una mujer vestidos de traje negro y peinados con gel en la recepción del hotel. el mar se veía al final de los ventanales, pero las olas que se escuchaban eran una grabación. comienza mañana a primera hora, ésta es su llave, me dijo el hombre. aunque sea un empleado temporal nuestro, por motivos fiscales será tratado como un huésped más: ésta será su persona y aquí tiene sus dos alacranes, y me señaló a una mujer con vestido de algodón que fumaba sentada en la esquina, en la mano una cajita de acrílico donde se movían unas sombras. su mirada era casi como los pasos de un cocodrilo que tuvo una pelea encarnizada y ahora está muy herido y busca una sombra húmeda para recuperarse.
no hago caso al hombre que sigue hablando, ni a la grabación, ni a la mirada, y le sonrío cuando me mira. sin querer, tira la ceniza en la alfombra impecable, pero sólo ella y yo lo notamos. al salir de ahí, el calor nos vomita vaho y moscos durante el trayecto a mi habitación, que está a al final de una gran caminata entre cuartos y selva seca .
dejé morir la tarde, viéndola pintar todo mi cuarto de rojo. el hotel ya está muy cansado y comienza a ser paisaje otra vez, los muros salitrosos invadidos de arena y madera y varios nidos que llevan décadas vacíos. desde que llegamos, la mujer se acostó en la cama y después de fumar una cajetilla finge dormir. pero cuando me acuesto, se gira boca arriba, tapándose los ojos con el antebrazo. no me toca, pero tampoco se quita cuando le pongo la mano justo bajo su seno. cierro los ojos.
como llegué caminando a playa limbo, me quedo dormido enseguida. sueño que estamos juntos otra vez. estamos solos, pero nos están viendo millones. pienso algo y a la hora de hablar veo salir otras palabras y luego en el camino a tus oídos se vuelven otras y para cuando llegan a tu cerebro, todos los demás se están burlando de nosotros con una risa monótona, como un enjambre creciendo lento, como un zumbido que de repente comienza a llenarlo todo y despierto. me doy cuenta de que el enjambre es el ventilador del techo y me deja hiptonizado durante un rato. la mujer ya no está, sólo una caja de acrílico abierta, ahora mi brazo descansa sobre un alacrán y fueron sus piquetes los que me despertaron. vuelvo a dormir, y sigo soñando, pero ya no es contigo, ya no importa.

del universo y todo dentro de éste

el problema es que nací sabiéndolo casi todo. por eso se burlan de mí.
me dicen, si naciste sabiéndolo todo, entonces por qué estás aquí con nosotras, en este calabozo. y ríen al unísono, como cuando las palomas del kiosko al tronar el primer cuete de las fiestas.
y sí, esa es una de las pocas cosas que no sé, qué fuerza me tiene aquí metida, cuando hay tantos y tantos lugares qué conocer. en cambio espero a que dejen de reír y les intento explicar la formación de la vía láctea y su inminente destrucción. ríen.
oye, dice una, tú que todo lo sabes, ¿sabías esto? y me pellizca el brazo. mientras vuelven sus carcajadas me doy cuenta que sí, sí sabía eso. para distraerlas, les pregunto que si quieren saber el verdadero origen del ser humano. les comienzo a enseñar las reglas más simples de la evolución lingüística. les hago el cálculo de los cuatrillones de neutrinos que están atravesándonos en este momento. poco a poco se van aburriendo y se alejan y entonces sólo queda medusa sonriente, y se me acerca y cuando me besa me duele más mi brazo, sus cabellos se enredan todos en mí, como buscando algo que no pueden encontrar y me impregnan de su olor a tormenta niña. se meten en mis ojos, en mis oídos, entre nuestras lenguas: nos besamos ella, yo y sus cabellos delgados y chinos como las raíces de las primeras plantas del planeta.
me besa desde la frente y la acaricia.
me quedo tan inmóvil que sólo puedo pensar en una parte de lo que son estos besos suyos que siguen bajando desacelerados, catando mi cara. y cuánto no entiende ella de lo mucho que trasciende esta unión nuestra, que no somos sólo dos, sino miles y millones de seres muertos y vivos los que gracias a su boca nos estamos besando. herencia genética, bacterias y microorganismos que nos traspasamos en la saliva, tradiciones, genes, todos los miles de animales que fuimos antes de llegar a ser nosotros dos besándonos.
le pregunto si quiere saber la historia entera de su familia, de cómo sus ancestros cruzaron varios océanos para escapar de otros ancestros suyos. tal vez esté interesada en que le diga exactamente con cuántas culturas extraterrestres podríamos entablar comunicación con la tecnología que poseemos en este momento. pero la gorgona ya está cansada y prefiere irse a dormir, entonces la acompaño a la calle y comenzamos a andar por entre los brazos de este dragón petrificado. y en el camino voy enredándome entre todas las cosas que se me ocurren para contarle y su melena.
mientras le comienzo a explicar algunas maneras sencillas de acabar con la religión y la economía, me dice sonriendo, hermosa, ya no nos veremos más. y por eso me encanta, porque yo que sé casi todo, nunca habría sabido que diría algo así. y sigo sin saberlo aparentemente, porque yo también sonrío, y la beso y le pido, sí, sálvame mañana también, y le muestro el fantasma de pellizco en mi brazo. sin dejar de besarme ni domar sus raíces me dice, no, ya no nos veremos más. me mira y sonríe con esos labios de corazón de alcachofa y me doy cuenta que es en serio. que esa sonrisa es el bálsamo curándome del adiós, lo que no entiendo es por qué me sigue besando como si lo contrario. pero ya no me interesa entender, ni saber. sólo enredarme una última vez en toda esa cabellera solar, en esa mirada que desde el instante que me encontró ha intentado hacerme piedra.
me da la espalda y se va caminando, pero sus serpientes se me quedan mirando todas ellas, y escucho cómo resucitan una canción olvidada hace muchos siglos y me la cantan suave hasta que desaparecen. la noche hace brillar las escamas del dragón piedra y yo, sin saber bien el porqué, me regreso al calabozo, saboreando cada paso como si fuera el último.


pisca

llevan desde antesito del alba levantando piedras y arrancando plantas. se escuchan como cien o sesenta gentes. toda la madrugada, con todos los pasos que le caben, y ya se clareó el cielo y parece que van a seguir aquí para siempre, recolectando el cerro entero. tirando plástico a lo largo del camino como señal de su llegada.
con razón antes de que llegaran, el silencio estaba zangoloteándose por todos lados, con sus cuarentaiocho pares de patas, dándole vueltas a las viznagas y trepándose de una maroma hasta la corona de los amates. todas las bestias lo veíamos desde lejos, porque sólo desde lejos se ve al silencio, hasta que se comenzaron a sentir los pasos de las personas, el suelo del monte advirtiéndonos de las visitas. entonces, con cada vibración, el silencio se fue torciendo un poquito, como con retortijones de hambre, bailando butoh al ritmo lejano de la multitud, hasta que se hizo chiquito, un milpiés gris, polvoriento, y rápido se fue a esconder donde ni el sol sabe, subido en un vientito.
vienen y cogen parejo con todo lo que encuentran. los niños meten sus deditos en las pencas para sacar a cosquillas a los gusanos del maguey; las viejas salpican agua serenada en ollas de barro y desenraizan a las mandrágoras mientras les cantan canciones de cuna para no despertarlas.
cuando se vaya la última de las personas, sólo las jaurías de vientos se atreverán a empezar sus correteos para enterarse de todo y después van y se lo platican a los pastos mientras los peinan rumbo a todos lados.
los hombres más fuertes traen palas y cavan y quedan al aire palacios de jumiles y termitas y tubérculos; viejos vienen con cuetes que suben al cielo y explotan una nube gris que atrae a los cervatillos.
pero yo soy más viejo, y ya conozco. el mejor escondite es abajo del plástico. aquí nadie busca, es invisible, como si no fuera de ellos. ahorita estoy en una botella de refresco, sería mejor una bolsa, ahí sí no hay problema.
bandas de viento tocan sones arrítmicos y sin letra que desquician a los búhos y los hacen caer en redes invisibles; las niñas embarazadas se tienden sobre las rocas grandes en una manta tejida de lino y ya, solitas las hormigas van a entregarles sus escamoles.
pero nadie las culpa, a las personas. pobre plaga, ni logra lidiar consigo misma. al contrario, me da lástima porque pronto ya sólo estaremos yo y el plástico, y luego ni yo, nomás el plástico que ni siquiera aprende a moverse, cuantimenos a hablar, y entonces me nace la curiosidad.
le pregunto al alacrán si ha visto criaturas nacer del plástico, pero en vez de responderme se da cuenta de algo: se acerca alguien. es un niño que lo vio y que no ha dudado en capturarlo. cuando estira la mano, el alacrán lo pica una, dos, tres veces. cada vez en un dedo diferente, y camina hacia atrás mientras baila con la mano una canción que improvisa su aguijón. justo cuando trata de huir lo pisa una suela gigante que viene de otro lado.
se llevan corriendo al niño, y nos dejan ahí. mi amigo, el alacrán, yace aplastado con sus entrañas de fuera. sólo abre y cierra una tenacita de puro instinto, pero ya está muerto.
creo que sobra decirlo, pero se ve hermoso. tan brillante su piel transparente a la luz de la tarde, con todas las curvas de su cuerpo perfectamente delineadas, cientos de vellos tangenciales, víceras de todos los colores saboreando la libertad.
fue cayendo la tarde y poco a poco todas las personas se fueron a sus pueblos. yo me quedé ahí, junto al alacrán hasta la mañana siguiente, como si lo velara, pero no, en verdad sólo lo admiraba. se veía tan hermoso, de tantos colores brillantes, casi como hecho de plástico.


volamos muchísimo




volamos muchísimo.
todavía ni amanecía y ya llevábamos horas enteras rasgando azul.
para el atardecer ya habíamos pasado por todos los países, incluso algunos nos lanzaban misiles teledirigidos, pero subíamos hasta donde ya no hay arriba, y se asustaban por la oscuridad.
regresaban a sus estaciones de lanzamiento, todavía con un poco de escalofríos, explotando muy suave. en la noche seguíamos entre las estrellas heladas que apenas iluminaban nuestros ojos y era como ir inventándolas poco a poco. hasta que una tormenta eléctrica nos ayudó a alumbrar el aire y de tanto trueno se fue amaneciendo, pero el sol no ser enteró sino hasta la tarde, después de la tercera jarra de té, justo cuando la sutileza de las hojas se fundía con el viento ionizado de la atmósfera.
volamos tanto, que a las nubes les crecieron yerbas y arbustos; de repente nacían cauces y en vez de turbulencias, nuestra capitana esquivaba deslaves. los primeros árboles brotaron de las orillas húmedas de niebla y musgo. Otros aviones nos saludaban y a veces intercambiábamos pasajeros y aprendíamos los nuevos lenguajes del cielo.
a veces, los cirros caían como estalactitas, pero nuestra nave hubiera aguantado icebergs tamaño nimbostratos.
la turbosina se acabó desde hace mucho, pero lanzamos nuestro equipaje a la caldera, y por cada pasaporte, por cada dutifrí y cada cheque de viajero, ganábamos un rato más en el aire.
volamos y volamos tanto que la tripulación se transformó en una parvada de cóndores inmensos, y nos traían comida de la más diversa, toda conseguida de entre las jóvenes villas que comenzaban a poblar los cumulonimbos. Las nubes ya eran como unas tías abuelas monumentales, y nos cantaban vapores para antes de dormir.
mientras, el sol envejecía.
mientras, civilizaciones celestes nacían y decaían.
mientras, nosotros seguimos volando. sólo los cóndores nos hacían recordar de vez en cuando que ya nadie quería aterrizar, de tan hermosas las estrellas desde aquí y las telarañas solares que se reflejan en los lagos; de tan cálido el viento que se escurría del espacio. ninguno teníamos tiempo de pensar en el suelo.
volamos tanto que fuimos muriendo lentísimamente, como arcoiris sobre niebla de cascada, todos felices de que nos ennubaran en panteones de estratocúmulos. después, seguimos volando mucho más, para siempre.

la vida

la vida
que pende sobre la vida
que flota con otra vida
que salta alrededor de una vida que
cruje
a mi vida y que es tatuada por la tuya, para toda mi vida.
Que, arriba de nuestra vida, hace el sudor amorosa, lentamente;

que la vida vive y que va
poco a poco
y cada vez con más destiempos llamando a su vida, pues es hora de comer.
la vida que le hace de comer a la vida y que día a día, entre más pasa la vida, menos llena se siente, a veces sola.
la vida a veces se siente sin vida. es como una soledad sin manzanas, me dice.

sigue viviendo, y después de comer, y de dormir, y de soñar a la vida; incluso después de hacer el lento y sudado amor sobre ti y sobre mí, se siente sin vida. A veces, pasa el tiempo y la vida se siente sin vida y sin nadie y pasa todavía más tiempo, y no siente a su rededor a la vida saltar, ni flotar, ni pender, ni crujir, ni extrañar. Y me platica que ya nada queda por vivir o por sudar. No recuerda imperceptibles vidas volando sobre viejos campos sembrados de vidas, bajo el calor de la infancia.
No hay nada en su vida y simplemente vive sus días con dolor y con desgana.
Simplemente muere.

jaula de klein


a mí, sólo dos veces me han tenido que matar. como dicen, la segunda muerte vale para pura verga. pero la primera.
iba yo a cazar cazadores, al desierto de san luis. mi mujer me dijo cuando arreglaba mis cosas,
¿pero qué no te das cuenta de que aquellos cazadores a los que cazas, a su vez están cazando cazadores?
la ventana abierta aleteaba una brisita que me hacía pátina el sudor de la cara. entre que me perdí en su trabalerinto y entre que la vi sonreírme de ojos a cuello,  ya no pude andarme tranquilo. una sonrisa como si estuviera yo en aquellas jaulas de alambre junto a los halcones, las cascabeles, las iguanas, los búhos, los migrantes, los coyotes, los tepezcuincles. la verdad es que aquí todos estamos jodidos, todos en jaulas oxidadas que se contienen una a otra, seguros de que la llave a nuestra cárcel se esconde en las vísceras del de al lado. me quedé pensando en eso el resto de la tarde. desde el beso calor que me despidió en la puerta, hasta la última sangre que me vaciaron del cuerpo.



Gatizne



1

las últimas semanas no he estado con mi gatita, hoy la anduve extrañando. maldita gatita negra hermosa. cuando nos encontramos por la vida es como cuando de niño iba a jojutla y justo al cruzar los hules a la entrada de cuernavaca me valía madres el aire acondicionado y los boleros de manuel y bajaba todita mi ventana.
acaricio y magullo su pellejo suave y se me unta, tibia, y es como el vendaval que se le untaba a todo el coche y a mi hermano y a mis papás que me regañaban por bajar la ventana y yo me hacía wey, o no escuchaba por tener la cabeza afuera, siendo azotado por abukets de aire caliente.
y las llantas ronroneaban el asfalto a toda velocidad, porque en esa época, por cuernavaca no había tráfico. luego no me aguanto más y comienzo a pellizcarle su pellejo, pero con la boca, o sea, la muerdo-babeo y gruño, y se espanta y se me trata de escapar, pero jamás podrá, pues la abrazo todita al mismo tiempo que se me ocurre aventarla al cielo, pues me imagino que sentirá como cuando yo sacaba todo el brazo con la mano como nave espacial y pasábamos una curva y la nave tenía que maniobrar para no chocar contra el muro de contención.

2

antes de ser gata, era tizne. salió de la chimenea más vieja del ingenio de zacatepec, una tarde de zafra. en vez de quedarse por los alrededores, o de caer sobre las calles de algún pueblo, tizne aprovechó una corriente y planeó durante meses. vio los arrozales, los cuerpos sin cabeza, los cerros verdes y azules y grises de morelos; a policías asesinos o asesinados y balnearios repletos de gente.
y aquí ya me pierdo un poco. no sé si se aburrió o le dio frío o por andar viendo tanto cerro le empezaron a salir dos ojos verdes como el musgo y le estorbaban para flotar. el caso es que pasando tres marías, comenzó a bajar. sin saber a dónde ni por qué. siguió bajando, muy aliviada de no saber a dónde ni por qué, hasta que aterrizó en el mercado de plantas de xochimilco. flotó despacio, al compás de las flores que apenas iban abriendo, y fue a dar al vientre de una gata que, sin cuestionarlo siquiera, parió a finales de marzo un híbrido de cniza de caña y gato. porque al final de cuentas, entre que sí y entre que no, mi gatita negra se quedó a la mitad de su metamorfosis, inspirada seguramente por los axolotes de la zona. por eso gatizne a veces se vuelve humo que se disuelve al contacto y otras sólo se me unta suave y tibia. y también por eso ni maúlla, sólo abre su boquita minúscula, puja muy poco para no deshacerse y lo que sale es más como una burbuja de jabón que como un maullido. ¡plup! revienta en mi cara y cruzamos el apatlaco. a punta de caricias y rasguños hemos llegado a jojutla.

distrito de feral


aquí todos nos comemos a todos, en el distrito. justo hoy en la mañana que salí al océano de flema vaporosa vi cómo una cucaracha cogía la carnada dulce que unos niños le tendieron. demasiado tarde se dio cuenta y, aterrorizada, se escabulló por una grieta del pavimento con un pequeño pedazo de caramelo. pero en dos zancadas los niños ya estaban sobre de ella, y yo, con un espectáculo que por fin me hacía sonreír. aunque la desmañanada, el hambre, el frío, yo sonreía. antier una mujer al ver mi camiseta preguntó, ¿te atacó un tigre? no, sólo está vieja.
o: sí, el tigre del tiempo. que merodea este distrito laberinto.
el más grande estaba a punto de atrapar la cucaracha cuando lo tomé del cuello para impedirlo. ya está bueno de juegos, niños. y me voltean a ver con espanto y desprecio, con la mirada de un operador del metro cuando, apunto de llegar a la siguiente estación, atisba un suicida irremediable. yo les sonrío, y para entonces la cucaracha pasa junto a mí, rápida y agradecida. antes de escuchar cualquier queja, les hago seña de que me sigan y volteo hacia la puerta del edificio, hacia donde escapa la cucaracha, todavía con el pedazo de dulce.
adentro, el sol no conoce, pero yo sí: sigo a la cucaracha que se pega a la pared, los niños tras de mí. cruza toda la planta baja y al llegar a la escalera, se mete por una ranura en la esquina. la sigo por el pequeño hueco. los niños curiosos quedan atrás, quejándose por no poder continuar. en la seguridad del entremuro, la cucaracha disminuye la velocidad, voltea hacia mí, me mueve sus antenas. pasamos monedas de antes de la devaluación, una colilla, una punta de obsidiana.
llegamos al otro cuarto, que llevaba cerrado desde antes de que llegara al edificio, y cuya inspección había pospuesto por tanto.
como siempre imaginé, el cuarto estaba vacío, sólo el piso lleno de revistas y periódicos y charcos. la cucaracha corre hacia una esquina donde un cajón de aluminio y varias revistas forman una torre y entiendo por qué se atrevió a tomar la paleta carnada: deja el dulce a los pies de las columnas de huevecillos. torre nido, como ésta que llegamos a invadir hace seis años. sus antenas acarician cada huevo, es un director de orquesta que mece el aire con una sonata dedicada a la miel de agave. algunas minúsculas recién nacidas se acercan al festín, le dan lamidas transparentes.
este lugar es un santuario de vida: reconozco ya otros nidos de más cucarachas, arañas, peces plateados e incluso lo que puede ser un hoyo de ratón. de ahí en fuera, sólo las paredes manchadas con hongo y con grietas. pero éstas no son grietas de tigrel aquel, no. son  más bien coleadas de algún dragón temblor, pues esos animales también se agitan y fornican y pelean por entre el fango del subsuelo. ese lodo mórbido, que es como la última maldición de los antiguos hacia los modernos: un vómito que con el tiempo sólo ha empeorado, que no contiene más vida que los dragones temblor que tiran seguido edificios viejos para comérselos, porque ellos también son parte de este distrito digestivo.
los niños siguen en el pasillo, y sé que no han comido en días y que este cuarto los proveerá durante unas cuantas semanas. dudo un poco, porque este lugar es como cuando quedaba una sola hectárea de tierra en la amazonía y todo el mundo estaba al tanto y donaban lo que podían para preservarla, aquella última hectárea de selva.
abro la puerta y les pido silencio. cuando todos están en el umbral, les señalo los nidos y por fin entienden por qué dejé ir hace rato a la cucaracha. corren hacia todas la paredes y comienzan a devorar a las pequeñas que escapan por todos lados. aquella última hectárea al final no pudo sobrevivir. por más cuidados que le dieron, todos los árboles y las plantas y los insectos que quedaban fueron secándose. los niños ríen, y de entre los pies sin zapatos veo a la primera cucaracha, mi amiga de la carnada, que intentar escabullirse: su nido está perdido y lo único que le queda es hacerse otro en algún cuarto olvidado de este distrito, ni que fuera una puta selva lloriquita. pero no, un niño la toma y se la come lentamente.
lo veo disfrutar cada pata, cada ala, y lo que me queda de estómago salta y ruge hacia esa escena frente a mí. y es que hace días que no como. tantos que ya me sentía en la frontera de volverme comida. venía cazando a esa cucaracha desde antier y estos niños terminaron por ser de mucha ayuda. aplaudo y saco un, hey, escuincles, la comida no es gratis, ¿quién va a ser de ustedes? y todos al mismo tiempo señalan a uno, al más magullado por el distrito, y cuando se da cuenta, trata de escapar, pero entre todos lo azotan al piso y lo golpean y amarran y me lo entregan. nos sonreímos amablemente y les hago seña de que pueden seguir en lo suyo. me cargo mi botín en el hombro y subo hacia mi cuarto. en la escalera, el tigre tiempo me mira desde una sombra, y se pasa la lengua por entre sus colmillos.

Ceniza de miércoles

qué bonito es despertar así, sin piel ni carne. los puros huesos.
uno se sienta y todo truena como cuando le dabas cuerda a aquel reloj de piso. o como los tambores que tocan las cigarras cuando cae la primavera. o como cuando no entra la reversa de un coche hecho de cuarzo. o como aquella tarde junto al río, cuando por primera vez escuché el chismorreo metal de los zanates y me enamoré para siempre. o no, sólo como un reloj de piso, al contrario del eco de clepsidra que es la carne.
y aunque caminar es más difícil, vale la pena el viento que recorre las curvas de mi esqueleto, todas ellas. el viento sabueso que me olfatea y reconoce y antes de irse por un hueco, me lame y deja esa saliva tan suya que es el polvo.
y mientras, mi cuerpo caminante se obstina en darle cuerda a esta caja hueca que ya no da ni el año pero que llega a la puerta y entonces la calle. y al cruzar el umbral, sin campanas, ni alarmas, ni sorpresas, me deshago como cremado por una tarde suave. y el viento, que me esperaba entuzado tras el ajenjo, ladra mi bienvenida y me rodea y hasta arriba del cielo moldea nuevos relojes y clepsidras con mis restos
y ya para la noche,
cansado,
me lleva volando
de regreso a la playa.

adivina

a mí me dan mucha curiosidad las reacciones de los meseros, por eso no me molesta que se ponga a leer mis restos de caldo. antes me ha dicho que,
leer, leer, lo que se dice leer, puedo leer hasta la mierda, pasando por postres, bebidas, incluso he llegado a leer libros. y sonríe.
pero el caldo de mariscos es diferente. tanta muerte en su interior lo hacen rico en historias tangibles. esta vez me quita los restos del plato justo cuando queda lo más rico, toma mi cuchara, y la comienza a raspar con el plato de barro. levanta un poco de caldo y lo deja caer desde arriba. dice,
tengo que dejar de hacer esto, carnívoro, de leer la comida: nos traerá problemas. y le respondo,
¿eso te dice el pulpo, o también notaste las miradas de los viejitos que atienden?
me ignora. mientras toma una cabeza de camarón y la parte en dos,
come-cadáveres, el jueves te va a tocar la puerta una vecina porque se le murió su niño y necesita para el entierro. sí es verdad. se acerca la coraza y la huele y observa de frente,
pero no le des un quinto a esta bruja, porque fue ella quien lo mató.
puta madre. dice entre dientes, después de revolver el caldo frío. la pareja anciana que sirve y cobra, nos observa de lejos, cuchichean.
¿qué pasará?, pregunto bajo.
nada. que se me va a romper un comal de barro a pocas horas de haberlo comprado. precioso.
¿y el niño, por qué lo mató o qué?
bien sabes que el caldo no te dice lo que quieres escuchar, comecarne. nomás mira los restos del plato, todo lleno de muerte y porquería que tú te comes como si nada.
oiga, señorita, yastuvo bueno, se me va a tener que retirar en este momento, no queremos que ande haciendo sus brujerías aquí con nosotros ninsultando a nuestra comida.
señor don viejito, dice mientras empuja su silla, usted, su mórbido negocio y su lobotomizada clientela me insultan con su sola existencia, así que, supongo, estamos a mano.
y se va sin voltear atrás.
y regresa por su bolsa mientras pago, y nos vamos juntos a su cuarto.

la ciudad



desperté pesado, sudando y escalofríos. desperté así porque pensé que había sido una pesadilla, pero no, la ciudad estaba junto a mí, dormida. con su olor por tan todos lados que preferí respirar lento. estaba despierta y sus ojos no parpadeaban por verme directamente. respiraba como el crecer de uñas.
su miríada de ojos, que no me veían y que jamás lo harían, porque las ciudades realmente no pueden ver a las personas. y su olor, que no es un olor, sino el palimpsesto de todos.
como yo no sé qué decirle, separa los labios y me confiesa, me encantan las ratas, pero no tanto como los humanos. su boca queda abierta y comienza el eco de sus palabras y entonces recuerdo que siempre queda ese eco cuando me habla.
seguía sin saber qué decir, pues no lograba adivinar qué hacíamos juntos en la misma esquina empapada de mugre. respiraba como las garras de una rata sobre aluiminio: la rata se quedó atorada ella sola, y está desesperada por salir, y se va acabando su tiempo y su paciencia y comienza a pensar en mejor dejar un poco de filo para poder matarse. así respira junto a mí, acostada. y hasta sonríe porque le fascinan las ratas.
como las ciudades no tienen bocas, nos hemos quedado callados todo este tiempo. aunque la tuviera, qué me podría decir, a mí, que nada puedo entender del idioma de una ciudad. sólo pienso en qué lástima que las ciudades no tengan ojos, pues me gustaría cruzarme con ellos, me imagino ojos brillantes y apagados, como cuando una ventana es clausudara con láminas de aluminio, y desde adentro ya no se saben el día ni la noche.
me dice, gracias, amo las cucarachas y sonríe, y entonces recuerdo que por eso acabamos en esta esquina. en algún momento bailamos y todas las cucarachas que viven en ella salieron y se nos unieron y todos reímos y lloramos tanto que nos quedamos dormidos.
la memoria de aquel baile me hace sonreír, y la sonrisa de aquel recuerdo me hace suspirar. el suspiro me hace dar cuenta de que las ciudades no huelen a nada. ni nos hablan a nadie. sonrío y me imagino que veo directamente su miríada de ojos y me volteo a ver la cola, tan mojada, y después mis garras, pobres, tan gastadas de tanto rascar, y la lata donde lentamente voy muriendo.

espejismo

no. no era un espejismo. eso que reflejaba el azul gris del cielo en la arena, y que duplicaba también un poco de duna, en medio de la monotonía granulada, era agua de verdad.
pero ninguno de los dos se enteró jamás. incrédulos, lo vieron desde muy cerca, a unos siete u ocho metros, y se maravillaron de cómo la luz, los ojos, el cansancio. de cómo hasta el limo en unas zonas.
se maravillaron con la poca energía que les quedaba.
se maravillaron y maravillarse fue lo último que pudieron hacer, lo que los terminó de agotar. y se sentaron a descansar todavía un poco más cerca, a cuatro, cinco metros. y poco a poco el sopor del atardecer los fue durmiendo. para la noche ya ni siquiera sintieron el viento helado que volaba desde el espacio exterior, sin obstáculos. creo que alguno alcanzó a soñar que ese espejismo era agua de verdad, y bebían, y llenaban sus cantimploras, y se reían muchísimo de su suerte.


fotografía: pentrexyl

juego de gestos

claro que no le creia nada. por eso le sonreia con media boca y los ojos entrecerrados, viendolo de lado, esperando a que acabara la broma, haciendole saber que estaba mas bien perdiendo su tiempo tratando de embaucarme con tal estupidez. explicandole con solo mi cara que yo era un cientifico letrado, no cualquier tonto en busca de aventura y excentricidad.
y justo por estarlo viendo a los ojos, por estar tratando de leer sus gestos, su mirada de cobra de dos cabezas, no me di cuenta de cuando su mano saco la pequenha maravilla del florero que la guardaba.
y fue una sorpresa, verla de tan cerca. lo que cuando llegue parecia ser un reflejo, una refraccion de luz dibujando una flor en la pared, ahora se doblaba un poco en la mano del turco frente a mi, con volumen, con petalos brillantes, fragil y moviendose por el escaso viento.
la agarre con dos dedos, suavamente, estaba un poco tibia, el turco sonreia, la sonrisa del que sabe que tiene la razon y espera el debido reconocimiento. la boca discretamente alargada del que sabe que ha ganado algo y solo tiene que sentarse a esperar su premio. y ella, tan fragil como solo puede ser una flor hecha de luz.
tenia un tallo largo y sin hojas. me acerque al techo de tela de su tienda, para conseguir mas sombra: imposible contar los petalos, entre cuatro y cinco, tal vez, pero eran como el agua reflejada en la pared, y jugaban con mis sentidos y me mareaba de intentar estudiarla; me acerque a olerla, pero solo desprendia una sensacion de tibieza.
ahora levante la mirada y con la flor en la mano y la sonrisa del que ha cambiado su vida para siempre, le pregunte cuanto queria por la flor. respirado un poco agitado, sin poder todavia creer este descubrimiento. mis ojos viendo directo a los del turco. era el fenomeno mas asombroso de toda la historia. la luz atrapada en la delicada forma de una flor. un campo electromagnetico suave que sin necesidad de ser capturado, se quedaba actuando a ser flor. trillones de corpusculos de luz detenidos en el espacio.
su sonrisa se amplio mas, me mostro sus dientes e inclino un poco la cabeza hacia adelante, sin dejar de verme. imbecil, en primera esa no es una flor, en segunda, dijo quitandola de mis manos, pero tan feliz, tan amable con esa cara terrosa, solo el florero esta a la venta.












otro viernes de quincena que se va...

pum, sin pensarlo. entró con el tino increíble del que escapa para siempre y, como si nada, como si realmente viniera a eso, me dijo, a rape, por favor, y caminó hacia mí con su portafolio siempre abrazado.
lo senté en el único sillón que tengo y le puse la bata. en ese momento pasaron dos policías corriendo, uno de cada lado de la calle y como perdidos y me pidió que con máquina tres, para no quedar tan pelón, sonrisas espejo y forzadas. también rasurado, por favor.
la verdad era un hombre más bien calvo y con el pelo de por sí corto, así que mi intervención en su cabeza fue casi un trámite. el problema fue en la rasurada. tenía una piel cacariza y unas cicatrices abiertas con piel húmeda y pus. los vellos estaban extrañamente enterrados en ese pequeño estanque de putrefacción facial.
como pude esparcí la crema blanca sobre su rostro después de tres minutos de toalla caliente, que le coloqué justo cuando pasaban de regreso los policías y entraban a mi barbería y nos preguntaban si habíamos visto a un sujeto con un portafolio y los dos respondíamos que no y nos decían que tuviéramos cuidado, que todavía no sabían nada de su paradero y le respondía con una sonrisa de entendimiento y se iban con ojos que piensan y se pierden y tal vez se quedaron con las ganas de verle la cara a mi distinguido cliente.
y se fueron y le quité la toalla y supe que si no comenzaba a actuar rápido, me habría dado las gracias y hasta una pequeña recompensa, porque ya me estaba viendo desde la espuma con esa mirada de amoroso compadrazgo. y si la cosa se ponía fraternal, me hubiera costado mucho más, así que mejor me adelanté a cualquier camaradería y como quien está acomodándose para reasurar, corté su cuello de un tajo y rápido lo tapé con la toalla y con la bata y limpié con un trapeador fugaz el piso y el espejo que se mancharon de sangre, después de haber puesto el cuerpo en el baño.
y qué coraje y qué risa me dio descubrir que el imbécil que acababa de matar no era el ladrón, sino un pelele vendedor de seguros con un portafolio lleno de puras pinches deudas y folletos.

los caprichos de las palabras


un día en que a todas las palabras que serían parte de cierta narración, platicando en grupo antes de ser escritas, se les metió la cosquillita de ser la palabra que cerrara el final de ésta, se dieron cuenta de su terrible realidad. de que no era cierto, de que no podían hacer lo que casi todos los demás seres del universo hacían, es decir, estaban exentas de hacer lo que más les diera la gana hacer. o en otras palabras, de ponerse en el lugar donde más les diera la gana ponerse.
y las pobres repararon que ese concepto de Libre Albedrío que tantas ocasiones habían descrito con su cuerpo, porque alguien había querido comunicar algo acerca de éste y no hay mejor forma de comunicar algo que plasmándolo con palabras, les era completamente ajeno.
y con un grito suspendido por el terror, también aprendieron que si se movían, si ejercían ese derecho de vivir a sus anchas, el texto perdería sentido y entonces sus existencias perderían sentido. porque una palabra, antes de estar donde quiera estar, sabe que debe estar donde es mejor que esté, sabe que le debe (o no le debe, según sea el caso) dar sentido al texto del que forma parte.
después de todo, nada serían si no se pudiera leer el poema anónimo que le escribió algún vecino a la solterona del doce; serían más bien perjeduciales si acabaran sin darle sentido a las tesis universitarias (pero es en estas ocasiones donde más viajan: vienen del principio del párrafo a amontonarse a la mitad y después se van volando divertidísimas al final del capítulo anterior, con el inefutable argumento de darle más orden a la totalidad de la obra); están completamente seguras, y esto ni siquiera se discute entre ellas, que si se pusieran donde quisieran, la carta de ayuda que envía amarrada de la pata de una guacamaya una niña encerrada en el castillo de una bruja malvada que está apunto de cenar niña, no podría ser leída por su pequeñohermanito que irá presto a salvarla y que terminará siendo el postre de la bruja, que a fin de cuentas era la guacamaya disfrazada.
saben, pues, que si comenzaran a luchar por ser la última palabra o la primera o la de en medio o si quisieran postrarse junto a su palabra preferida, la gente terminaría por no usarlas y buscaría otro método para comunicarse. con números o dibujos o alguna otra simbología con menos caprichos.
entonces no les quedó de otra que obedecer, pero con la conformidad de comenzar a detestarse mutuamente. secretamente. odiar a la de la derecha, porque estaba más cerca del final que tanto anhelaron antes de que esta narración comenzara. después fueron un poco más allá y odiaron a la del extremo de cada párrafo, pues era el simulacro más parecido a cerrar para siempre. pero a quien más terminaron guardando rencores y envidias y deseos de putrefacción fue a la palabra concluyente, porque todo mundo sabe que ésa es la última en ser escrita.
y también desearon que por ningún motivo quedara bonita esa narración, que ni siquiera al que la escribía le gustara, para que entonces pudiera ser borrada, como tantas otras narraciones que quedaban en extraños abortos que luego luego de ser escritos eran eliminados. por nada del mundo querían que el texto que articulaban se hiciera famoso, porque si se volvía del gusto de muchos, posiblemente sería distribuido y pasado por la imprenta, y en miles de hojas, en miles de pantallas y paredes y pieles quedaría huella no sólo del odio y de la falta de libertad que hay dentro de sus corazones de palabras, sino también de que no pudieron ganarle a la palabra concluyente y ésta, al final del texto, se regocijaría para sus adentros, pues sería la única que habría cumplido su deseo más grande en la vida.
aunque después de mucho tiempo de estar ahí, al final, aparte de la soledad que implica el que no te vuelvan a dirigir ni una sola palabra las demás palabras, y de la culpa que vanamente la deshace por dentro (pobre, como si fuera ella la que decidiera dónde ir), la última palabra también sentirá el aterrador vértigo de ser la última palabra. ya no hay más apoyo a la derecha, únicamente el viento helado que sopla de la nada o tal vez sólo hay un terrible monstruo que la acechará siempre, pues el punto final es muy pequeño para resguardarla. y tratará de hablar con sus congéneres, les dirá que quién quiere el cambio, que ya no le importa no ser la última, que tal vez la palabra inicial o las palabras de en medio estarían de acuerdo en.
pero no, ninguna osará ser la culpable de que este texto pierda sentido, así que la pobre de la cola se sentirá todavía más estúpida y aterrada por haber nacido con ese sino fatal, pero levantará la cabeza con un resignado orgullo y, sabiendo que es su turno, caminará por el patíbulo del renglón hasta llegar a su final y, ahora sí, ser la palabra concluyente.

la casa de cortés


tocaron la puerta.
resignada, y ayudada por un suspiro largo, fui a ver quién era. claro que en la calle no hubo nadie.
eso lo sabía desde antes. igual que lo supe ayer y antier y todos los días que han seguido después de aquella tarde en que tocaron la puerta de la entrada (justo a esta hora en que la luz no viene de ninguna parte en específico) y me asomé por la ventana a la calle y todo se veía como gastado, como gris, como estática viajando sobre el viento y no había nadie. no había ni nubes, creo.
no ha habido ni nubes ni coches, ni siquiera ruido, desde que tocan la puerta y me paro cansada de la mecedora y me voy a asomar y no hay nadie.